Opiniones
BALAGUER: PADRE DE LA DEMOCRACIA ¿POR QUÉ?

POR DR. NICANOR RODRÍGUEZ TEJADA.-
Una generación que se creyó su propio renacimiento. Hubo un momento, a mediados de los años sesenta del siglo XX, en que la República Dominicana pareció suspender el tiempo. Una generación joven, marcada por la caída de Trujillo y por la conmoción de 1965, creyó estar pariendo un país nuevo. Como en ciertos renacimientos históricos, supeditando la edad media y anclando todas esas ideas colocadas en el nuevo pensamiento que marcaba el camino a engrandecer al mundo con la vibrante energía colectiva se sintió tan intensa que parecía que todas las ideas de una época iban a desarrollarse de golpe. Esa efervescencia, valiente, idealista, a veces ingenua, chocó de frente con un hombre que entendía el poder de otra manera: Joaquín Balaguer.
Balaguer gobernó doce años consecutivos (1966-1978) y luego regresó por diez más (1986-1996). Administró el Estado bajo un esquema de autoridad vertical, control institucional y obra pública, en un país que todavía no tenía instituciones capaces de contenerlo. Esa fue precisamente la generación que lo enfrentó: la que creía que la democracia era algo que se conquistaba con la calle y con la idea, no con el pacto y la paciencia.
¿Quién le puso el título, y cuándo? Una fecha que cambia el sentido, aquí está el dato que casi nadie recuerda con precisión, y que además suele contarse mal: el título de «Padre de la Democracia Dominicana» no nació de sus partidarios ni de un acto de autobombo del propio Balaguer. Fue un Congreso Nacional de mayoría perredista en ese momento del histórico Partido Revolucionario Dominicano (PRD), su adversario de toda la vida, fue quien confesión y consolidó esa distinción en el 2003, bajo el gobierno de Hipólito Mejía, quien luego promulgó las leyes que perpetuaron su nombre en el Parque Mirador Sur y el Aeropuerto del Higüero.
Y aquí está el detalle que cambia todo el sentido del homenaje: Balaguer ya había muerto (julio de 2002) y José Francisco Peña Gómez, su gran contrincante histórico, llevaba cinco años fallecido (mayo de 1998). Existen referencias de prensa a una resolución similar del Senado en 1997, cuando Peña Gómez todavía vivía, pero la consolidación que quedó fijada en la ley y en la memoria histórica ocurrió ya sin ninguno de los dos protagonistas originales en escena.
Esto es importante porque desmonta la lectura más cómoda del hecho. No fue Peña Gómez, en vida, perdonando o reconociendo a su verdugo político. Fue una nueva dirigencia del PRD, ya sin la carga personal de esa enemistad, la que decidió construir el título. El homenaje no vino del bando derrotado en carne propia; vino de la generación que heredó ese partido después de que su fundador ya no estaba para disentir.
La psicología y la ciencia política detrás del título: no es nostalgia, es estrategia de élite. No estamos ante un fenómeno de nostalgia popular espontánea, sino ante una decisión tomada por una cúpula política. Max Weber describió este mecanismo con el concepto de rutinización del carisma: cuando muere el líder fundador de un movimiento, la organización que deja atrás, el partido como estructura, se libera de la carga emocional y personal de sus enemistades, y empieza a administrar los símbolos históricos con una lógica distinta: la de la conveniencia institucional, no la del sentimiento.
Bajo esa lógica, para el PRD de Hipólito Mejía, coronar a Balaguer ya fallecido no costaba lo que le habría costado a Peña Gómez hacerlo en vida. Al contrario: era un gesto de bajo costo emocional y alto rendimiento político. Le permitía a Mejía tender un puente simbólico hacia el electorado balaguerista y reformista remanente, con un PRSC, ya huérfano de su caudillo, lo que le ampliaba una nueva segmentación para consolidar su propia legitimidad como heredero pragmático del poder, y presentarse ante el país como un gobernante conciliador por encima de las viejas trincheras.
Dicho de otro modo: cuando el sucesor no logra superar al antecesor, el antecesor crece en la memoria colectiva no por mérito propio revalidado, sino por contraste con el fracaso ajeno. El PRD que coronó a Balaguer no lo hizo, en el fondo, por convicción histórica pura, sino porque ya para ese momento necesitaba, política y simbólicamente, un gesto de pacificación y de legitimación institucional que a la vez le sirviera de espejo: «miren, hasta nosotros, sus enemigos, se lo reconocemos».
El espejo que incomoda: PRD y PLD frente a su propia gestión, aquí es donde quiero llevar al lector al fondo del planteamiento. El reconocimiento a Balaguer no puede leerse en el vacío: hay que mirarlo junto a lo que vino después. Tanto el PRD como, más adelante, el PLD, tuvieron largos períodos al frente del Estado dominicano y ambos arrastran, según análisis académicos y periodísticos, señalamientos serios sobre manejo institucional: desde la crisis electoral de 1994, que obligó al propio Balaguer a aceptar el Pacto por la Democracia y acortar su mandato, hasta los casos de corrupción vinculados al caso Odebrecht durante los gobiernos del PLD y todos aquellos otros que aunque no se tenía una información acabada, existía una percepción colectiva de opinión que vinculaba un entramado social y colectivo, generador de impotencia e ira social, posteriormente se hicieron público los casos de corrupción (Anti Pulpo, Coral 5 y 5G, Medusa, Calamar, entre otros), fueron hechos que generaron marchas masivas como la «Marcha Verde» vinculando y ampliando una percepción extendida hacia la impunidad institucional, que acelero la indignación colectiva y luego en el nuevo PRD hoy PRM, esos escándalos de corrupción continúan inquietando a la población, SENASA es un ejemplo vivo de esta situación.
Ese contraste es, precisamente, el que alimenta el título. No se trata de afirmar que Balaguer gobernó de forma democrática en el sentido pleno del término, por eso historiadores como Roberto Cassá han sido claros al calificar su período como una «semidictadura»; se trata de entender por qué, a pesar de esa realidad, terminó siendo coronado por quienes más lo combatieron. La respuesta no está solo en los méritos de Balaguer, sino en el fracaso posterior de quienes debían demostrar que se podía gobernar mejor y no lo lograron, dando paso a un reconocimiento que al momento de escribir la historia esta organizara el lugar y espacio de cada uno de lo que asumieron el rol de la derrota, no así proyectar el honor de la grandeza habiendo superado al que se decía peor, eso ahora con el PRM no esta tan distante al pasado del PLD.
Aquí es donde quiero llevar al lector al fondo del planteamiento. El reconocimiento a Balaguer no puede leerse en el vacío: hay que mirarlo junto a lo que vino antes y después de esa consolidación de 2003. El propio gobierno de Mejía que fijó el título ya arrastraba, para ese momento, una crisis económica y bancaria severa (2003-2004). Y tanto el PRD como, más adelante, el PLD, tuvieron largos períodos al frente del Estado dominicano y ambos arrastran, según análisis académicos y periodísticos, señalamientos serios sobre manejo institucional: desde la crisis electoral de 1994, que obligó al propio Balaguer a aceptar el Pacto por la Democracia y acortar su mandato, hasta los casos de corrupción vinculados al caso Odebrecht durante los gobiernos del PLD, que en conjunto involucran montos multimillonarios, que generaron marchas masivas como lo fue la «Marcha Verde» y con una percepción extendida de impunidad institucional.
Y ese malestar no quedó en el pasado: bajo el nuevo PRD hoy convertido en PRM, el debate sobre corrupción administrativa sigue vivo, con el caso del Seguro Nacional de Salud (SENASA) como el que más indignación social ha generado en tiempos recientes. Ese contraste es, precisamente, el que alimenta el título. No se trata de afirmar que Balaguer gobernó de forma democrática en el sentido pleno del término, historiadores como Roberto Cassá han sido claros al calificar su período como una «semidictadura»; se trata de entender por qué, a pesar de esa realidad, terminó siendo coronado por quienes más lo combatieron. La respuesta no está solo en los méritos de Balaguer, sino en el fracaso posterior de quienes debían demostrar que se podía gobernar mejor y no lo lograron, dando a la historia el espacio para organizar el lugar de cada quien: el de la derrota, no el de la grandeza de haber superado a quien se decía peor. Y ese patrón, con el PRM de hoy, no está tan distante del PLD de ayer.
¿Y entonces? La entonación del fracaso, por eso el título de este artículo termina en pregunta: BALAGUER, PADRE DE LA DEMOCRACIA ¿POR QUÉ? No es una afirmación cerrada, es una invitación a mirar la historia dominicana con una lente incómoda: a veces el prestigio de un gobernante no crece por lo que él hizo bien, sino por lo que los que vinieron después hicieron mal. Es una entonación, casi una ironía histórica, sobre lo que ocurre cuando el sucesor no logra superar al que pasó: en lugar de sepultar al antecesor con una gestión superior, termina, sin querer, construyéndole el monumento. Y si estamos caminando el mismo proceso histórico, salvo raras excepciones, entre el PLD de ayer y el PRM de hoy, entonces cabe preguntarse: ¿quién será el padre de la democracia del siglo XXI? ¿O acaso, como con nuestros tres Padres de la Patria, podemos reconocer que la historia admite más de uno?
Quiero puntualizar el punto de referencia de lo que se percibe como democracia, no utilizara el termino clásico, lo hare en base al criterio de Robert Dahl, politólogo americano quien preciso que: “La democracia no es solo el acto de votar; es un sistema político caracterizado por la calidad de sus instituciones y la presencia de garantías fundamentales. Una verdadera democracia se define por el cumplimiento estricto de estos pilares básicos”, en cambio aplicado este concepto a precisiones constitucionales, tomemos lo que nos dice Giovanni Sartori, politólogo italiano «La democracia es el poder del pueblo sobre el pueblo, limitado por los derechos de las minorías para evitar la tiranía de la mayoría.»
Aplicando ese criterio, no el sentido común, sino el académico, historiadores y juristas como Flavio Darío Espinal han sostenido que, midiendo el balaguerismo con criterios universales de democracia, elecciones libres, independencia de poderes, exclusión militar de la política, el título de «Padre de la Democracia» simplemente no resiste el análisis, independientemente de quién lo haya otorgado o de las razones psicológicas o políticas detrás de ese gesto. Esa tensión entre el reconocimiento formal y el juicio histórico es, en sí misma, un buen punto de partida para un debate que permanece abierto: porque la esencia de una democracia consolidada no está en el origen del poder, ganar una elección, sino en el ejercicio de ese poder: el respeto a las leyes, la transparencia y la tolerancia al disenso de opinión.
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












