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Opiniones

Balaguer, Trujillo, Fidel Castro y la captura de Maduro en el espejo de la historia

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Victor Grimaldi

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-

Rafael Leónidas Trujillo Molina fue eliminado físicamente el 30 de mayo de 1961, en un acto que clausuró una de las dictaduras más férreas y personalistas de la historia latinoamericana.

Su muerte no fue el resultado de una transición política ni de una negociación institucional, sino de una decisión extrema tomada cuando el régimen había agotado toda posibilidad de reforma interna y se sostenía únicamente por el miedo, la coacción y una lealtad forzada.

El final de Trujillo marcó una frontera histórica nítida: el poder absoluto, cuando pierde respaldo real, no se reforma ni se transforma, se quiebra abruptamente.

Treinta y siete años después, en agosto de 1998, Fidel Castro se encontraba en Santo Domingo, en una recepción oficial celebrada en el Country Club, y sostuvo un saludo protocolar con uno de los hombres que había participado directamente en la eliminación de Trujillo: el general Antonio Imbert Barrera.

El encuentro fue sobrio, casi silencioso, desprovisto de gestos simbólicos o declaraciones grandilocuentes. Dos trayectorias históricas se cruzaban sin dramatismo: el sobreviviente de incontables conspiraciones y atentados, y uno de los ejecutores de un dictador que no logró escapar a su destino.

Fidel Castro visitaba entonces la República Dominicana por segunda vez. La primera había ocurrido en abril de 1948, cuando era apenas un joven político cubano que hacía escala rumbo a Bogotá en un avión de los denominados “lecheros”.

Al llegar a Colombia, Castro se vio envuelto en los desórdenes del llamado Bogotazo, desencadenados tras el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. En ese momento, el embajador dominicano en Colombia era Joaquín Balaguer, figura que décadas más tarde iba a cruzarse con Castro en un contexto histórico radicalmente distinto.

En 1998, Fidel regresaba a Santo Domingo como jefe de Estado consolidado, tras décadas de enfrentamiento con Estados Unidos y después de haber sobrevivido a numerosos planes de asesinato atribuidos a la CIA.

El apretón de manos con Imbert Barrera en el Country Club y, posteriormente, con el propio Balaguer en su residencia, condensaba una verdad histórica incómoda: algunos regímenes caen violentamente; otros resisten gracias a una combinación de control interno, cálculo geopolítico y un margen de fortuna histórica difícil de reproducir.

Balaguer, discípulo político de Trujillo, simbolizó la compleja transición dominicana de la dictadura a una forma de democracia controlada y gradual. Su figura representa la capacidad de ciertos regímenes para mutar sin desaparecer, adaptándose a nuevas reglas sin renunciar por completo a viejas prácticas.

Fidel Castro, en cambio, encarnó la permanencia de un régimen de fuerza que, durante más de seis décadas, se sostuvo sin alternancia ni transición, convirtiéndose en uno de los ejemplos más longevos del autoritarismo contemporáneo.

El recuerdo conjunto de Trujillo, Balaguer, Fidel Castro e Imbert Barrera permite observar, con la distancia del tiempo, los distintos desenlaces del poder personalista.

No todos los autoritarismos mueren de la misma forma. Algunos son eliminados físicamente, otros se extinguen lentamente desde dentro y otros colapsan en el caos cuando ya no existe Estado que administrar ni instituciones que preservar.

Desde esa perspectiva, las versiones difundidas en las últimas horas por el diario italiano Il Giornale sobre la supuesta captura de Nicolás Maduro en el complejo militar de Fuerte Tiuna adquieren una dimensión histórica que trasciende el hecho puntual.

Más allá de la veracidad de los detalles operativos —el blitz nocturno, la ausencia de resistencia, la posible participación de fuerzas especiales estadounidenses— lo verdaderamente significativo es el contexto: cuando las narrativas se multiplican, se contradicen y circulan sin control, suele ser señal inequívoca de que el poder ha perdido dominio tanto sobre los hechos como sobre el relato.

Lo relevante no es la precisión quirúrgica de cada crónica, sino el cuadro general que estas construyen: un régimen que se desmorona desde dentro, unas Fuerzas Armadas que dejan de actuar como bloque monolítico y una salida que, de confirmarse, no tendría la forma de un golpe clásico ni de una invasión abierta, sino de una rendición negociada. Este patrón no es inédito y encuentra precedentes claros en la historia reciente.

El caso de Manuel Noriega en Panamá, capturado tras la invasión estadounidense de 1989, representa el modelo de colapso rápido una vez que el sostén militar interno se quiebra. Aunque la operación fue externa, la captura solo fue posible porque el régimen ya estaba vacío de lealtades reales. Noriega fue aislado, sometido a presión psicológica y finalmente entregado sin que el aparato estatal pudiera sostenerlo.

La lección histórica es clara: cuando el poder se evapora desde dentro, el desenlace puede ser súbito.

El modelo de Slobodan Milosevic en Serbia es distinto y más político. El líder serbio no cayó por una acción militar extranjera directa, sino por una implosión interna progresiva.

Protestas masivas, fracturas en los servicios de seguridad y presiones económicas condujeron a una entrega negociada a la justicia internacional. El sacrificio del líder fue el precio que permitió a sectores del sistema sobrevivir y reacomodarse. Este esquema resulta especialmente revelador para comprender el caso venezolano.

El tercer espejo, el de Muamar Gaddafi en Libia, funciona como advertencia extrema. Allí no hubo salida negociada ni transición ordenada. El régimen colapsó en el caos, el Estado se disolvió y el país quedó atrapado en una guerra civil prolongada.

El desenlace libio, ocurrido en 2011, es precisamente el escenario que ninguna potencia ni actor regional desea para Venezuela, un país estratégico por su petróleo, su ubicación geopolítica y su impacto migratorio.

Desde esta perspectiva histórica, la insistencia en una salida pactada y sin resistencia encaja mucho más con el modelo Milosevic que con el de Gaddafi. Incluso si algunos detalles difundidos por la prensa resultaran exagerados o inexactos, el fondo del asunto parece evidente: el régimen venezolano ha perdido el control simultáneo de la fuerza, del dinero y del relato.

La referencia constante a Donald Trump y a la reivindicación política del operativo cumple una función estratégica clara: enviar un mensaje disuasivo a la región y marcar un precedente simbólico.

De manera paralela, la actitud de China confirma una constante histórica: Pekín invierte, negocia y espera, pero no combate para salvar aliados en caída libre cuando el costo geopolítico supera el beneficio.

En conclusión, la historia enseña que cuando el poder se retira en silencio antes de hacerlo públicamente, el final está próximo.

Trujillo fue eliminado físicamente; Noriega cayó en días; Milosevic en meses; Gaddafi en el caos.

Venezuela, por su estructura institucional y su entorno internacional, apunta más bien a un desenlace negociado. La incógnita ya no es si el régimen está en crisis terminal, sino quiénes lograrán sobrevivir políticamente a su caída y bajo qué condiciones.