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Opiniones

Extremismos como Amenaza Civilizatoria

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Victor Grimaldi

Por Victor Manuel Grimaldi Céspedes.-

Comunistas totalitarios, fascistas, ultraderechistas y ultraizquierdistas comparten un rasgo común que los convierte en una amenaza y un peligro para la humanidad: la negación de la dignidad del individuo en nombre de una ideología absoluta. Los une:

  • Dogmatismo: creen poseer la verdad única e incuestionable.
  • Desprecio por la democracia: consideran el pluralismo una debilidad.
  • Justificación de la violencia: el fin ideológico excusa los medios.
  • Culto al líder o al partido: sustituyen la ley por la voluntad personal o grupal.
  • Eliminación del disidente: censura, persecución, cárcel, exilio o muerte.

La historia reciente ofrece pruebas irrefutables de los efectos devastadores del extremismo político. El comunismo totalitario produjo gulags, hambrunas planificadas y Estados de partido único. El fascismo y el nazismo condujeron a guerras mundiales, genocidios y racismo institucionalizado. Las expresiones contemporáneas de la ultraderecha erosionan las instituciones democráticas mediante el autoritarismo y la exclusión, mientras que la ultraizquierda fomenta el caos, la anarquía y la destrucción del Estado de derecho.

La ciencia no explica el extremismo como una enfermedad mental clínica, sino como la combinación de rasgos psicológicos, cognitivos y neurobiológicos presentes en ciertos individuos y contextos sociales. La esquizofrenia u otros trastornos psicóticos no explican el fenómeno masivo del fanatismo.

La psicología cognitiva identifica el pensamiento dicotómico —blanco o negro— como un mecanismo simplificador primitivo que reduce la complejidad del mundo. A esto se suma una fuerte necesidad de certeza, baja tolerancia a la ambigüedad y miedo a la incertidumbre, factores que empujan a muchos individuos hacia sistemas de creencias cerrados.

Los estudios sobre la personalidad autoritaria muestran patrones recurrentes: sumisión a la autoridad, agresión contra el diferente, rigidez moral y obsesión con el orden. Estos rasgos aparecen tanto en regímenes fascistas como comunistas, así como en fanatismos religiosos, nacionalistas o deportivos.

Desde la neurociencia, se ha observado una mayor activación de la amígdala —centro del miedo— y una menor intervención de la corteza prefrontal, responsable del pensamiento crítico. El fanatismo activa circuitos de recompensa emocional, generando placer psicológico al defender la causa, lo que refuerza la conducta.

Existe además un componente equizoide leve en algunos individuos: una tendencia a compartimentar la realidad, deshumanizar al otro y refugiarse en identidades rígidas. No se trata de locura, sino de un mecanismo defensivo ante el miedo, la frustración o la pérdida de sentido.

Por ello existen fanáticos en la política, la religión, los deportes y cualquier sistema simbólico. El objeto cambia, pero el mecanismo mental es el mismo.

Frente a los extremos ideológicos y psicológicos, la democracia constitucional representa no solo un sistema político, sino un antídoto cultural y psicológico. Se basa en el Estado de derecho, el respeto a la ley, las libertades individuales con responsabilidad, la justicia social sin tiranía y el orden sin autoritarismo.

Los extremismos no liberan: destruyen. No nacen de la razón, sino del miedo. La democracia, aun con sus imperfecciones, sigue siendo infinitamente superior a cualquier sistema que pretenda imponer una supuesta perfección por la fuerza.