Opiniones
Balaguer “Padre de la Democracia” y el olvido de Antonio Guzmán

Por: Dr. Nicanor Rodríguez Tejada.-
En la reescritura de la historia política dominicana abunda una amnesia deliberada. Con una asombrosa e inaceptable ligereza, se ha pretendido erigir la figura de Joaquín Balaguer como «Padre de la Democracia», formalizada institucionalmente mediante la Ley No. 139-03. Sin embargo, la paradoja se torna trágica al recordar que dicha proclamación ocurrió durante el mandato de Hipólito Mejía (2000-2004), un gobierno parido por la misma tradición política que el propio Balaguer combatió. Quien ejecutaba entonces la alta administración pública era heredero político de Don Antonio Guzmán Fernández, terminando por legitimar la paternidad democrática del artífice de la represión de los doce años (1966-1978). Esto no es solo una distorsión histórica: es un acto de autoanulación política por parte de la tradición del PRD y del hoy PRM, donde el pragmatismo coyuntural pesó más que la defensa del relato histórico.
Como analizan los historiadores Javier Cabrero y Félix Cordente en su obra Roma (2008), el poder absoluto no se conforma con dominar el presente; necesita dominar la narrativa del pasado. En la Roma antigua, cuando el Senado o el régimen triunfante buscaban legitimar una autocracia o sellar pactos de gobernabilidad a costa de la verdad, aplicaban la Damnatio Memoriae (la condena del olvido). Se cincelaban las inscripciones en piedra, se destruían las imágenes de los defensores de la República y se prohibía la evocación de sus ejecutorias para que solo perdurase el relato del caudillo de turno.
Lo que ha ocurrido en la República Dominicana con la figura de Don Antonio Guzmán Fernández es la repetición exacta de esa proscripción romana. Olvidando que, si el país disfruta hoy de casi medio siglo de alternabilidad civil, estabilidad institucional y vigencia de libertades públicas, el verdadero punto de inflexión no nació por concesión de Balaguer, sino por la determinación civilista de Guzmán durante su mandato (1978-1982).

En apenas cuatro años, Guzmán ejecutó la transformación estructural más gigantesca del siglo XX dominicano, la cual podemos sintetizar en cuatro pilares fundamentales: 1) La desmilitarización del poder político: Jubiló a la temible cúpula militar de los doce años. 2) La subordinación al poder civil: Por primera vez en la historia contemporánea, sometió las Fuerzas Armadas al mandato de la Constitución. 3) El desarme de la represión: Promulgó la ley de amnistía general, abrió las cárceles para los presos políticos y permitió el retorno de los exiliados.4) La apertura democrática: Garantizó irrestrictamente la libertad de prensa y de organización gremial.
Antonio Guzmán fue, en esencia, el Cincinato dominicano: el ciudadano que tomó la magistratura en una crisis profunda, subordinó las «legiones» al poder civil y se retiró con estricto apego a su deber.
A partir de esto surge una pregunta inevitable: ¿Por qué la corriente política que llevó a Guzmán al poder ha sido incapaz de salvaguardar su legado? A diferencia de la antigua Roma, donde la noción de continuitas exigía defender las instituciones republicanas, en la política dominicana impera la inmediatez. Por acomodamiento electoral, cobro de favores de los pactos del 1994 y 2000, y cobardía doctrinal, la dirigencia perredeísta y su heredera perremeísta entregaron las banderas de su propia historia a la narrativa del reformismo.
Las élites políticas, cansadas del conflicto y pragmáticas ante el electorado, replicaron la lógica de la Pax Augusta: prefirieron rendir culto al autócrata y olvidar al verdadero artífice de la transición, tal como el Senado romano relegó a Cicerón o Catón tras la instauración del imperio.

Esta ausencia de defensa doctrinal no es un error del pasado; es una advertencia de cara al futuro. El partido que no defiende a sus hombres de Estado ni argumenta el valor histórico de sus transformaciones está condenado a ver cómo sus opositores reescriben su epílogo. Proclamar a Balaguer «padre de la democracia» es una afrenta a la memoria de la juventud exterminada en los doce años y un desatino contra el hombre que abrió las puertas de la libertad.
Como sentenciaba Cicerón: “La historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida”. Cuando una nación consiente que el autócrata sea coronado con las vestiduras del libertador, no solo falsifica el pasado, sino que corrompe la pedagogía de sus futuras generaciones.
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En la reescritura de la historia política dominicana abunda una amnesia deliberada. Con una asombrosa e inaceptable ligereza, se ha pretendido erigir la figura de Joaquín Balaguer como «Padre de la Democracia», formalizada institucionalmente mediante la ley No. 139-03. Sin embargo, la paradoja se torna trágica al recordar que dicha proclamación ocurrió durante el mandato de Hipólito Mejía (2000-2004).
Debemos recordar, que quien ejecuta la obra era ministro de agricultura y hombre de extrema confianza de Don Antonio Guzmán Fernández y es quien legitima la paternidad democrática del artífice de la represión de los doce años (1966-1978), esto no solo es una distorsión histórica: es un acto de auto anulación política por parte de la propia tradición del PRD y del hoy PRM, pero el interés vigente sumaba más que rescatar el proceso histórico.
Como analizan los historiadores Javier Cabrero y Félix Cordente en su obra Roma (2008), el poder absoluto no se conforma con dominar el presente; necesita dominar la narrativa del pasado. En la Roma antigua, cuando el Senado o el régimen triunfante buscaban legitimar una autocracia o sellar pactos de gobernabilidad a costa de la verdad, aplicaban la Damnatio Memoriae (la condena del olvido). Se picaban las inscripciones en piedra, se destruían las imágenes de los defensores de la República y se prohibía la evocación de sus ejecutorias para que solo perdurase el relato del caudillo de turno.
Lo que ha ocurrido en la República Dominicana con la figura de Don Antonio Guzmán Fernández es la repetición exacta de esa proscripción romana. Olvidando que, si el país disfruta hoy de casi medio siglo de alternabilidad civil, estabilidad institucional y vigencia de libertades públicas, el verdadero punto de inflexión no nació por concesión de Balaguer, sino por la determinación civilista de Guzmán durante su mandato (1978-1982). En apenas cuatro años, ejecutó la transformación estructural más gigantesca del siglo XX dominicano:
En ese sentido podemos sintetizarla en los aspectos más relevantes: i) La desmilitarización del poder político, ii) Jubiló a la temible cúpula militar de los doce años y subordinó, por primera vez en la historia contemporánea, las Fuerzas Armadas al mandato de la Constitución y al poder civil. iii) se establecieron las garantías constitucionales de las libertades públicas, dando lugar a la promulgación de la ley de amnistía general y iv) abrió las cárceles para los presos políticos, permitió el retorno de los exiliados y garantizó la libertad de prensa y de organización gremial, entre otras medidas políticas que impulsaron lo que hoy tenemos como ‘democracia’.
A partir de esto cabe la pregunta ¿Por qué la corriente política que llevó a Guzmán al poder ha sido incapaz de salvaguardar el legado de su propio presidente? A diferencia de la antigua Roma, donde la noción de continuitas exigía defender la memoria de las instituciones de la República, en la política dominicana impera la inmediatez y la falta de visión prolongada de Estado. Por acomodamiento electoral de coyuntura y cobro de favores del pacto de 1994 y 2000, la dirigencia perredeísta y su heredera perremeísta entregaron las banderas del relato histórico a la narrativa del reformismo.
Esta ausencia de defensa doctrinal no es solo un error del pasado; es una advertencia de cara al futuro. El partido que no defiende a sus hombres de Estado ni argumenta el valor histórico de sus grandes transformaciones está condenado a ver cómo sus opositores reescriben su epílogo. Si no se rescata el mérito de Antonio Guzmán como el auténtico arquitecto de la transición democrática de 1978, la historia oficial terminará haciendo con las ejecutorias del presente lo mismo que hizo con el gobierno del 78: relegarlas al olvido por falta de vocación de Estado.
Proclamar a Balaguer «padre de la democracia» es una afrenta a la memoria de la juventud exterminada en los doce años y un desatino histórico contra el hombre que, desde la dignidad civil, abrió las puertas de la libertad en la República Dominicana. La historia oficial se escribe con conveniencias, pero la verdad de las instituciones se defiende con rigor y doctrina
Lo ocurrido con Don Antonio Guzmán Fernández y la posterior proclamación de Joaquín Balaguer como ‘Padre de la Democracia’ revive una de las prácticas más perversas de la Roma Imperial: la Damnatio Memoriae “Condena a la memoria” o condena del olvido”. Al igual que el Senado romano borraba las estatuas y crónicas de los hombres que verdaderamente defendieron la República para congraciarse con el autócrata de turno, la clase política dominicana, incluyendo la propia corriente que Guzmán llevó al poder, prefirió condenar al olvido la gesta de 1978. Sacrificaron al hombre que desmilitarizó el Estado y devolvió las libertades públicas para rendir tributo al artífice de los Doce Años. Pero como bien sabían los historiadores clásicos, cuando la memoria política se negocia por pragmatismo, el Estado pierde su brújula ética.»
«En la clásica obra ‘Roma’ (2008), de los historiadores Javier Cabrero y Félix Cordente, se examina minuciosamente cómo el poder romano dominaba no solo el territorio, sino la narrativa del pasado mediante la proscripción y la alteración de los registros oficiales. Lo que ocurrió en la República Dominicana con el sacrificio del legado de Don Antonio Guzmán para proclamar a Joaquín Balaguer como ‘Padre de la Democracia’ es la repetición exacta de esta pauta histórica: la sustitución de la verdad del reformador por la propaganda del autócrata.»
«Como documentan Cabrero y Cordente (2008), en los periodos de crisis y transición política en Roma, el grupo dominante no se contentaba con la victoria física o electoral; necesitaba la proscripción de la memoria del vencido para legitimarse frente a la historia.»
En Roma, cuando un líder incómodo lograba avances que la aristocracia patricia no deseaba institucionalizar, o cuando su final era trágico, se aplicaba la damnatio memoriae: se borraba su nombre de los monumentos, se destruían sus bustos y se omitía su nombre en las crónicas oficiales.
Antonio Guzmán sufrió una damnatio memoriae de hecho por parte del PRD y del PRM. Guzmán fue el Cincinato dominicano: el ciudadano que tomó la magistratura en una grave crisis, subordinó al estamento militar (las legiones) al poder civil y se retiró tras cumplir su deber. Sin embargo, su propio partido, avergonzado o incapaz de asimilar la tragedia de su muerte, prefirió cubrir con un velo de silencio sus cuatro años de hazaña institucional, permitiendo que la narrativa balaguerista ocupara el espacio histórico.
La Pax Augusta comparada con el olvido de la República, Tras la caída de la República, Octavio Augusto restauró la paz en Roma, pero a costa de enterrar las libertades republicanas e imponer una autocracia disfrazada de continuidad institucional. El Senado romano, por comodidad, cobardía y cansancio tras años de guerra civil, prefirió rendir culto al princeps (autócrata) y olvidar a los verdaderos defensores de la República como Cicerón o Catón.
Esto es, exactamente lo que ocurrió con la proclamación de Balaguer en el 2003 bajo la Ley No. 139-03. Las élites políticas dominicanas, cansadas del conflicto y pragmáticas ante el electorado, prefirieron sellar un pacto de estabilidad otorgándole la corona de «Padre de la Democracia» al Augusto de la autocracia (Balaguer), borrando el sacrificio de quien desmantelo el régimen represivo en 1978.
Como decía Cicerón el orador: «La historia es testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida». Cuando una nación consiente que el autócrata sea coronado con las vestiduras del libertador, no solo falsifica el pasado, sino que corrompe la pedagogía de las futuras generaciones. ¿Obtenga usted sus propias conclusiones?
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












