Opiniones
La gente no cree lo que ve. Ve lo que cree

Por Leonardo Gil
(Consultor Político)
Hay una premisa que explica buena parte de la política contemporánea: la gente no cree lo que ve; ve lo que cree.
No es simplemente una frase ingeniosa. Es una clave para entender cómo se forma hoy la opinión pública y, particularmente, cómo deberá pensarse la comunicación política en la República Dominicana.
Durante mucho tiempo asumimos que las percepciones eran consecuencia de los hechos. Un gobierno construía, la población veía las obras y valoraba la gestión. La economía crecía, los indicadores lo demostraban y el ciudadano reconocía el progreso.
La realidad es bastante más compleja.
Las personas no reciben los hechos en estado puro. Los interpretan desde su identidad, desde creencias previamente construidas: experiencias personales, experiencias política, expectativas, frustraciones y, cada vez más, desde el ecosistema informativo en el que viven.
Por eso pueden coexistir dos verdades aparentemente contradictorias. Una economía puede exhibir indicadores positivos mientras una parte de la población siente que su situación no mejora. El dato puede ser cierto y la insatisfacción también.
El error político consiste en creer que uno invalida al otro.
La gente no vive los indicadores macroeconómicos. Vive sus consecuencias. Vive el supermercado, la vivienda, el transporte, la electricidad, el salario y la posibilidad o imposibilidad de progresar.
Cuando la estadística y la experiencia cotidiana entran en conflicto, políticamente suele imponerse la experiencia.
Pero el fenómeno va más lejos.
Una vez formada una opinión sobre un gobierno, un partido o un dirigente, tendemos a procesar la información de manera que confirme aquello que ya creemos. El simpatizante racionaliza errores; el adversario relativiza logros. Un mismo acontecimiento termina convertido en evidencia de dos conclusiones opuestas.
Esto siempre existió. Lo verdaderamente nuevo es su escala.
Las redes sociales introdujeron en la política un actor que los partidos todavía intentan comprender: el algoritmo.
Antes, los partidos, los grandes medios y los líderes de opinión poseían considerable capacidad para ordenar la conversación pública. Hoy cada ciudadano habita un universo informativo parcialmente diseñado alrededor de sus propias preferencias.
Quien consume contenidos críticos recibe más razones para indignarse. Quien consume contenidos favorables encuentra nuevas razones para reafirmarse.
Hasta que ocurre algo políticamente extraordinario: cada grupo comienza a creer que su pantalla representa al país.
No necesariamente.
La República Dominicana digital puede convertirse así en varias repúblicas simultáneas, cada una convencida de poseer la interpretación correcta de la realidad.
Este escenario plantea desafíos diferentes para Gobierno y oposición.
Para cualquier gobierno, el mayor error sería responder a una percepción negativa diciendo, en esencia: “usted está equivocado; mire nuestras cifras”. Las estadísticas sirven para demostrar resultados; difícilmente sirven para refutar experiencias.
La comunicación eficaz comienza reconociendo lo que el ciudadano siente, incluso cuando los datos muestran una realidad más favorable.
La oposición enfrenta el riesgo inverso. Cuando necesita presentar absolutamente todo como fracaso, termina comunicándose únicamente con quienes ya están convencidos. Reconocer avances evidentes no debilita una oposición seria; fortalece su credibilidad para cuestionar aquello que no funciona.
La conclusión trasciende el marketing.
Las próximas elecciones dominicanas no serán solamente competencias entre candidatos, partidos y propuestas. Serán también una disputa entre interpretaciones del país.
¿Avanzamos suficientemente? ¿El progreso está llegando a las familias? ¿Las instituciones funcionan mejor? ¿Existe movilidad social? ¿La vida cotidiana confirma el relato oficial o lo contradice?
Quien logre responder esas preguntas de manera más cercana a la experiencia colectiva tendrá una ventaja política considerable.
Porque la comunicación puede moldear percepciones, pero no puede sustituir indefinidamente la realidad.
La gente ve lo que cree, sí. Hasta que lo que vive termina cambiando lo que cree.
Y cuando eso ocurre, comienza el verdadero cambio político.
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












