Opiniones
Trujillo, Trump y el argumento del mal necesario

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-
A comienzos del régimen de Rafael Leónidas Trujillo Molina en 1930 existió un grupo en el país que lo consideraba “un mal necesario”. Para quienes sostenían esa opinión, uno de los argumentos era la imposición del orden frente al bandolerismo y los grupos armados que habían contribuido a la inestabilidad del país.
Donald Trump ha sido, a mi juicio, un mal necesario para sacudir un sistema político que había dejado de escuchar a una parte importante de la sociedad estadounidense.
En otro tiempo, y bajo circunstancias profundamente diferentes, el ascenso de Rafael Leónidas Trujillo respondió también a una demanda de autoridad y organización.
La comparación merece discutirse, siempre que se precise su alcance: no estamos ante dos regímenes equivalentes ni ante una absolución de cuanto hicieron sus protagonistas.
La expresión «mal necesario» contiene una tensión. Reconoce defectos, peligros y costos, pero sostiene que una situación anterior se había vuelto insostenible. Es un juicio político que debe argumentarse; no constituye una verdad histórica demostrable por el simple hecho de que un gobernante haya triunfado.
En el caso de Trump, considero que su principal función ha sido obligar a las élites a escuchar problemas que con demasiada frecuencia trataban con superficialidad: el costo de la vida, la inseguridad económica y el control de la inmigración. Los resultados de AP VoteCast sobre las elecciones de 2024 muestran el peso de la economía y la frontera entre sus votantes. No todo aquel que votó por él celebraba sus formas; muchos buscaban una respuesta a preocupaciones concretas.
Desde esa perspectiva, su lenguaje áspero y su disposición al enfrentamiento fueron, para sus partidarios, señales de ruptura. Donde sus adversarios veían una falta de moderación, sus electores podían reconocer la voluntad de desafiar acuerdos que consideraban perjudiciales. Esa es, a mi entender, la base más sólida para llamarlo necesario: haber obligado a discutir lo que otros preferían dar por resuelto.
Pero una cosa es identificar una necesidad y otra demostrar que todas las medidas adoptadas para atenderla son acertadas. La defensa de la frontera debe juzgarse también por sus procedimientos; la política económica, por sus resultados sobre los hogares; el ejercicio de la presidencia, por su respeto a la ley. El apoyo político no exige renunciar al juicio propio.

El caso dominicano requiere otra escala histórica y moral. Trujillo dominó el país entre 1930 y 1961 mediante una dictadura. La subordinación de la vida pública a su persona y la persecución de sus adversarios formaron parte de su sistema de poder. Comparar esa experiencia con una presidencia estadounidense exige reconocer desde el comienzo la diferencia entre sus instituciones y sus mecanismos de acceso y permanencia en el gobierno.
Durante el régimen trujillista hubo transformaciones materiales, disciplina administrativa y avances en la recuperación del control financiero nacional. El tratado Trujillo-Hull de 1940 puso fin a la administración estadounidense de las aduanas dominicanas. Esos hechos pertenecen a nuestra historia y deben estudiarse sin que reconocerlos convierta automáticamente al investigador en partidario de la dictadura.
Gobernar durante treinta y un años no fue tarea de improvisados. Ahora bien, la capacidad de organizar un Estado y la legitimidad de sus métodos son cuestiones distintas. Una administración puede ejecutar obras y mantener controles contables mientras su poder político se ejerce sin libertad. Ambas realidades pueden coexistir.
Por eso, cuando se plantea que Trujillo fue un mal necesario, conviene distinguir la necesidad de construir un Estado eficaz de la pretendida necesidad de la represión. La primera puede defenderse; la segunda no se desprende de ella. Tampoco podemos demostrar que el país solo habría podido modernizarse mediante una dictadura.
La comparación con Trump resulta más fecunda en otro terreno: el fracaso de las dirigencias que termina alimentando la demanda de un hombre fuerte. Cuando las instituciones dejan de responder, crece la disposición a confiar en quien promete imponer decisiones. Esa confianza puede expresar una necesidad real, pero también puede convertirse en una dependencia peligrosa.
Mi argumento favorable a Trump no descansa en considerarlo infalible. Descansa en entender que su irrupción puso en cuestión una forma de hacer política que necesitaba ser discutida. Y mi interés por examinar las realizaciones del período trujillista no supone borrar sus víctimas ni aceptar que el progreso exigiera aquellos crímenes.
Un gobernante puede ser necesario para romper una inercia. Ninguno debe volverse indispensable para la existencia de su país. La prueba decisiva consiste en saber si deja una nación capaz de funcionar mejor cuando él ya no está.
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












