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Opiniones

Jerarquía desconectada, pueblo desorientado

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LUIS ROJAS

El silencio pastoral deja a la sociedad sin brújula ética.

Por J. Luis Rojas
([email protected])

La Iglesia Católica en República Dominicana ha sido, desde la colonia, un referente moral y social. Su estructura jerárquica —encabezada por la Arquidiócesis de Santo Domingo, la Primada de América, y coordinada por la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED)— le otorga un rol de guía espiritual y de orientación ética para la nación. Sin embargo, en la actualidad, esa jerarquía luce debilitada, distante y poco influyente frente a los graves problemas que golpean a la sociedad: delincuencia creciente, corrupción institucionalizada y descomposición de las familias.

La estructura de la Iglesia dominicana

La Iglesia está organizada en dos arquidiócesis (Santo Domingo y Santiago de los Caballeros) y varias diócesis sufragáneas (La Vega, San Juan, Higüey, Baní, San Francisco de Macorís, Mao, Puerto Plata, Barahona, entre otras). Todas ellas se articulan a través de la CED, que reúne a los obispos del país y emite cartas pastorales y mensajes colectivos. En teoría, esta estructura debería garantizar unidad, presencia pública y orientación ética. En la práctica, sin embargo, luce burocrática y distante, con escasa comunicación hacia la sociedad.

La Conferencia del Episcopado Dominicano (CED) es la institución que agrupa a los obispos de la República Dominicana, quienes se reúnen periódicamente para tratar asuntos de interés común y coordinar las acciones pastorales en el país. Su misión principal es promover la unidad entre las diferentes diócesis y fortalecer la presencia de la Iglesia Católica en la sociedad dominicana.

No obstante, el tono de las voces y la contundencia de los mensajes emitidos por los obispos ya no tienen el mismo impacto mediático ni social que en épocas pasadas. Los pronunciamientos de la CED, antes eran capaces de marcar agenda y orientar el debate público, hoy se perciben débiles, genéricos y poco influyentes. Esta pérdida de fuerza comunicativa refleja una jerarquía eclesiástica que, en lugar de ejercer un liderazgo profético y cercano a la realidad nacional, parece replegada a lo litúrgico y a lo institucional, dejando vacíos en el terreno de la orientación ética y social que la sociedad dominicana demanda.

Ante la actitud pasiva e indiferente que caracteriza a la mayoría de los obispos de la República Dominicana, cabe destacar que una de las pocas voces que, con cierta frecuencia, se hace escuchar es la de Mons. Jesús Castro Marte. El 10 de julio de 2020 fue nombrado por el Papa Francisco como obispo de la Diócesis de Nuestra Señora de la Altagracia en Higüey, en sucesión a Mons. Gregorio Nicanor Peña Rodríguez.

Durante su gestión como rector de la Universidad Católica Santo Domingo (2012-2020), Mons. Jesús Castro Marte se distinguió por emitir opiniones sobre temas de interés nacional, difundidas con regularidad a través de distintos medios de comunicación. Su estilo directo y crítico le permitió mantener presencia pública y proyectarse como una voz distinta dentro de una jerarquía eclesiástica que, en gran medida, permanece en silencio frente a los problemas sociales que afectan al país.

En esta misma línea, pero en el marco de la eucaristía celebrada con motivo del día de la Virgen de las Mercedes, el arzobispo coadjutor de Santo Domingo, Mons. Carlos Tomás Morel Diplán, lanzó advertencias sobre el deterioro de la convivencia social en la República Dominicana, subrayando la necesidad de una acción más firme y comprometida de la Iglesia frente a los desafíos que enfrenta la sociedad.

Liderazgos contrastados

El actual arzobispo de Santo Domingo, Mons. Francisco Ozoria Acosta, ha optado por un estilo discreto, casi invisible, que contrasta con el liderazgo firme y confrontativo de Nicolás de Jesús López Rodríguez, o con la capacidad de mediación de Agripino Núñez Collado. Mientras aquellos marcaban agenda y se enfrentaban al poder político, Ozoria parece replegado al silencio. La última carta de la CED, emitida en septiembre de 2026, se limitó a exhortaciones genéricas de unidad y esperanza, sin denunciar la corrupción ni la violencia que desangran al país. Los obispos lucen como si estuviesen ciegos, sordos y mudos.

El mensaje de septiembre de 2026 fue publicado en el marco de la Jornada Nacional de Oración y Acción de Gracias, convocada junto a la Presidencia de la República. El contexto era delicado: el país enfrentaba un repunte de la violencia urbana, escándalos de corrupción en instituciones públicas y creciente desconfianza hacia las autoridades. En ese escenario, la Iglesia tenía la oportunidad de pronunciarse con firmeza y orientar a la nación. Sin embargo, la carta se limitó a un tono litúrgico y celebratorio, sin abordar de manera directa los problemas sociales que agobian a los dominicanos. La omisión fue evidente y dejó la impresión de una jerarquía desconectada de la realidad.

A juzgar por los hechos, parecería que la jerarquía de la Iglesia Católica dominicana se encuentra instalada en una cómoda zona de confort. Los contenidos de su narrativa no abordan los grandes problemas que afectan a los ciudadanos, sin importar su condición social o económica. La ausencia de un liderazgo firme y cuestionador dentro del contexto eclesiástico no solo se evidencia en el ámbito dominicano, también se refleja en el Vaticano.

El activismo y las prédicas del papa León XIV no han logrado frenar las conductas irracionales ni las guerras promovidas por líderes como Donald Trump, Vladímir Putin, Volodímir Zelenski, Benjamín Netanyahu, Masoud Pezeshkian y Ahmed al-Charaa, ni tampoco contener las acciones violentas protagonizadas por las bandas delincuenciales en Haití.

La voz de la Iglesia, que en otros tiempos fue orientadora, crítica y capaz de incidir en la agenda pública nacional, regional e internacional, hoy se percibe apagada y distante. La jerarquía católica parece más preocupada por preservar la rentabilidad de algunas de sus instituciones que por asumir el rol profético que la sociedad espera en medio de crisis globales y locales.

Comunicación deficiente y prioridades equivocadas

La jerarquía eclesiástica mantiene una comunicación pobre y escasa con la sociedad dominicana. Sus mensajes carecen de contundencia y no logran conectar con las necesidades reales de las comunidades. En cambio, su liderazgo es más evidente en la gestión de instituciones lucrativas —colegios privados, universidades, fundaciones con fines económicos— que en las de carácter social, donde la presencia pastoral es mínima. Esta incoherencia erosiona la credibilidad de la Iglesia y la distancia de su misión esencial.

En momentos como los actuales, en los que la delincuencia mantiene arrodillada la seguridad ciudadana, los antivalores destrozan las familias, los opinadores públicos producen y difunden a diestra y siniestra contenidos tóxicos que influyen negativamente en las actitudes de las audiencias, y se sienten los efectos nocivos derivados de la privatización de los servicios de salud y de las pensiones de los trabajadores, es cuando más deberían los obispos de la Iglesia Católica dominicana utilizar su plataforma mediática para orientar, educar e informar de manera continua y efectiva a la sociedad.

La ausencia de un liderazgo firme y de una comunicación clara y constante ha dejado un vacío que otros actores sociales —influencers, opinadores y movimientos políticos— han ocupado con discursos muchas veces superficiales o dañinos. En este contexto, la Iglesia Católica dominicana tiene la responsabilidad histórica de recuperar su voz profética y convertirse nuevamente en referente ético y moral frente a las crisis que afectan al país.

Sinergia con el liderazgo global

La pasividad de los obispos dominicanos refleja, en cierta medida, el estilo del papa actual, León XIV (Robert Francis Prevost). En un mundo marcado por guerras, crisis migratorias y desigualdades, su voz se percibe apagada. Sus prédicas no son escuchadas por los líderes políticos que hoy se enfrentan en conflictos bélicos. En comparación, el papa Francisco ejerció un liderazgo más visible, crítico y cuestionador, capaz de incidir en debates globales. Hoy, tanto en República Dominicana como en otros países, la Iglesia Católica ha perdido su capacidad de ser referente moral y orientador.

Tal como afirmaba el papa Francisco, la Iglesia debe ser una voz profética frente a los conflictos y las injusticias. Sus mensajes subrayaban que la paz verdadera exige justicia social y respeto por la creación.

Sin duda, la calidad espiritual, la fuerza moral y la visión humanista del ya ausente físicamente papa Francisco resultan necesarias en los momentos actuales que vive el mundo. Su liderazgo, marcado por la defensa de los más vulnerables y por la denuncia de la desigualdad y el deterioro ambiental, dejó un vacío que hoy se siente con mayor intensidad en medio de las crisis sociales, políticas y ecológicas que afectan a la humanidad.

Por ejemplo, en el Foro de París sobre la Paz (2023), el papa Francisco advirtió que la multiplicación de conflictos armados genera sufrimientos, injusticias y daños irreversibles tanto para la humanidad como para la “Casa Común”. Subrayó que la paz no puede construirse con discursos vacíos, sino a partir del reconocimiento y respeto de la dignidad humana y de los derechos fundamentales, entre ellos el derecho a la paz.

Francisco denunció además que millones de personas continúan privadas de agua potable, alimentación adecuada, educación y trabajo digno, lo que refleja una persistente desigualdad social y económica que alimenta nuevas formas de violencia. Para él, la paz verdadera exige justicia social y un compromiso real con la equidad, pues sin estas condiciones cualquier intento de pacificación resulta frágil y superficial.

¿Y el liderazgo de la Iglesia Católica dominicana, para cuándo?

La Iglesia Católica dominicana no puede seguir indiferente. Su misión trasciende lo espiritual: debe ser voz profética frente a la injusticia, guía moral frente a la corrupción y defensora de la familia frente a la descomposición social. El país necesita una jerarquía eclesiástica activa, valiente y comprometida. De lo contrario, corre el riesgo de perder su relevancia histórica y dejar a la sociedad sin un referente ético en tiempos de oscuridad.

La jerarquía de la Iglesia Católica debe reenfocarse en sus funciones misionales: ser voz profética frente a la injusticia, guía moral frente a la corrupción y defensora de la familia frente a la descomposición social. La falta de entusiasmo, entrega y solidaridad, sumada a la sordoceguera que caracteriza a una parte significativa de los obispos dominicanos, está generando un preocupante fenómeno: el crecimiento constante de los llamados analfabetos espirituales en la sociedad dominicana. Esta indiferencia pastoral no solo debilita la misión evangelizadora de la Iglesia, sino que también contribuye a la pérdida de valores esenciales en un contexto marcado por la crisis social, moral y ética que atraviesa RD.

Las comunidades cristianas católicas deben exigir una mayor vinculación social de los obispos dominicanos, reclamando presencia activa y liderazgo real. Dicho en otras palabras, es necesario que dejen de comportarse como simples burócratas y actúen como líderes transformacionales cercanos a las necesidades y expectativas de la gente.

Sin más demora ni excusas triviales, la jerarquía eclesiástica necesita mantener una comunicación, una presencia y un acompañamiento más directos, claros y constantes con la sociedad dominicana, a fin de recuperar credibilidad y relevancia en tiempos de crisis. Solo así podrá responder a las demandas de un pueblo que espera orientación ética y compromiso pastoral frente a los desafíos actuales.

Es casi seguro que la mayoría de los feligreses anhela que los obispos de las distintas diócesis de la República Dominicana se pronuncien públicamente sobre las Administradoras de Riesgos de Salud (ARS) y su forma inhumana de gestionar los servicios de salud que deberían recibir los ciudadanos. Asimismo, esperan que se refieran a la complicidad perversa entre la Superintendencia de Pensiones (SIPEN) y las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), entidades que administran el dinero de los trabajadores para favorecer a la élite empresarial, poniendo en evidente riesgo los ahorros destinados a las pensiones.

En definitiva, los obispos de la Iglesia Católica dominicana tienen múltiples temas de gran trascendencia social sobre los cuales deberían pronunciarse con mayor frecuencia y contundencia, asumiendo un rol profético y crítico frente a las injusticias y al irrespeto de la institucionalidad que socavan la convivencia sana y la prosperidad de la población.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).