Opiniones
El hospital no es una cárcel: errores, malas prácticas y la necesidad de devolver el paciente al centro

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-
Durante mucho tiempo hemos concebido el hospital como el lugar al que una persona entra enferma para salir curada.
Es una definición sencilla, casi elemental, pero detrás de ella se encuentra una de las instituciones más complejas creadas por la sociedad moderna.
En un hospital conviven médicos de múltiples especialidades, enfermeras, técnicos, laboratorios, quirófanos, farmacias, equipos administrativos y tecnologías cada vez más sofisticadas.
Allí pueden realizarse en pocas horas procedimientos que hace apenas unas décadas parecían imposibles.
Sin embargo, precisamente porque la medicina ha avanzado extraordinariamente, ha llegado también el momento de preguntarnos si el concepto mismo de hospital ha avanzado al mismo ritmo.
Después de permanecer hospitalizado durante dos semanas, he tenido tiempo suficiente para observar el hospital desde una perspectiva completamente distinta.
Una cosa es visitar un hospital, acompañar a un familiar o conversar con médicos; otra muy diferente es estar acostado en una cama, sometido a procedimientos, dependiendo de decisiones ajenas, esperando indicaciones, viendo entrar y salir especialistas, enfermeras y técnicos y descubriendo hasta qué punto la organización de una institución puede influir no solamente en la curación de una enfermedad, sino también en la dignidad y en el estado de ánimo de quien la padece.
El hospital no es una cárcel.
El paciente no es un detenido. No ha cometido ningún delito. Ha entrado allí porque necesita ayuda y porque confía una parte extraordinariamente importante de su existencia —su propio cuerpo— a médicos y profesionales cuya misión consiste en devolverle la salud y, con ella, la mayor autonomía posible.
Sin embargo, determinados mecanismos de la hospitalización pueden terminar produciendo una experiencia de encierro y dependencia que debemos atrevernos a revisar.
Al ingresar, el ser humano comienza a perder una parte importante del control cotidiano sobre su propia vida.
Otros determinan cuándo debe comer, cuándo debe dormir, cuándo debe recibir determinados medicamentos, cuándo puede levantarse, cuándo debe permanecer acostado, qué procedimientos deben realizarse y, finalmente, cuándo puede regresar a su casa.
Muchas de estas restricciones son médicamente indispensables.
El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre aquello que realmente exige la enfermedad y aquello que simplemente responde a la rutina institucional.
Pero existe un problema todavía más serio.
No se trata solamente de la pérdida temporal de libertad que necesariamente acompaña determinadas hospitalizaciones.
Se trata de los errores que se producen, de las malas prácticas, de las incoordinaciones y, sobre todo, de los errores que vuelven a repetirse.
Un error humano puede ocurrir en cualquier actividad. La medicina no constituye una excepción.
Precisamente porque trabaja con seres humanos y porque muchas decisiones deben adoptarse rápidamente, siempre existirá la posibilidad del error.
Lo verdaderamente preocupante comienza cuando la institución no aprende de ese error.
Cuando una equivocación ocurre una vez podemos estar frente a un accidente; cuando vuelve a ocurrir de manera semejante tenemos derecho a preguntarnos si estamos frente a una falla del sistema.
Esta distinción es fundamental. La medicina contemporánea posee extraordinarios especialistas.
Un cardiólogo puede realizar una intervención de enorme complejidad con una precisión admirable.
Un cirujano puede resolver en horas una enfermedad que anteriormente habría condenado a una persona.
Un intensivista puede mantener con vida a un paciente en circunstancias extremas.
Pero alrededor de esos profesionales existe una organización, y el resultado final depende también de que esa organización funcione.
Un hospital puede tener magníficos médicos y, sin embargo, padecer graves problemas de coordinación.
Una indicación puede no transmitirse correctamente.
Un especialista puede desconocer una decisión adoptada por otro.
Enfermería puede estar esperando una orden que alguien considera ya impartida.
Un procedimiento puede retrasarse porque dos departamentos creen que corresponde al otro tomar la iniciativa.
Una complicación aparentemente secundaria puede prolongar innecesariamente una hospitalización.
Y en medio de todo ello se encuentra el paciente, preguntándose quién dirige realmente su proceso de recuperación.
Esta es una de las grandes paradojas de la medicina moderna: cuanto mayor ha sido la especialización, mayor se ha vuelto la necesidad de coordinación.
Hemos dividido el organismo humano para poder comprenderlo mejor.
Existe un especialista para el corazón, otro para los pulmones, otro para los riñones, otro para las vías urinarias, otro para el sistema nervioso.
Ese conocimiento especializado ha salvado millones de vidas y constituye uno de los grandes triunfos de la ciencia.
Pero el cuerpo humano continúa siendo uno. Y, sobre todo, la persona continúa siendo una.
El peligro aparece cuando cada profesional contempla correctamente su parcela, pero nadie contempla suficientemente el conjunto.
Entonces puede ocurrir algo que debería preocuparnos profundamente: todos atienden al paciente, pero nadie gobierna integralmente su atención.
El enfermo y su familia terminan algunas veces convirtiéndose involuntariamente en coordinadores del propio hospital.
Son ellos quienes explican a un especialista lo que dijo el anterior, quienes recuerdan que determinado medicamento fue suspendido, quienes preguntan por qué continúa un procedimiento, quienes reclaman una consulta pendiente o quienes advierten que algo que ya produjo un problema está comenzando a repetirse.
Eso no debería suceder. Una persona enferma no puede convertirse en el sistema de comunicación de la institución que debe cuidarla.
La medicina del siglo XXI necesita, por tanto, recuperar una idea antigua que la extraordinaria especialización amenaza algunas veces con hacernos olvidar: hay que tratar enfermos, no solamente enfermedades.
Esto implica también modificar nuestra cultura frente al error.
Durante demasiado tiempo las instituciones —no solamente los hospitales— han tenido la tendencia a esconderlo, minimizarlo o buscar inmediatamente a quién atribuirle la culpa.
Pero una organización madura funciona de otra manera. Pregunta qué ocurrió, por qué ocurrió, qué mecanismos permitieron que ocurriera y, sobre todo, qué debe modificarse para impedir que vuelva a ocurrir.
Porque un error reconocido puede convertirse en conocimiento.
Un error ocultado puede convertirse en repetición.
Y en medicina la repetición puede costar sufrimiento, prolongar innecesariamente una hospitalización, producir una nueva complicación e incluso poner una vida en peligro.
Por eso los grandes hospitales del futuro no deberían competir solamente por disponer del equipo diagnóstico más avanzado, el quirófano más sofisticado o el especialista de mayor prestigio.
Todo eso seguirá siendo indispensable.
Pero habrá otro indicador cada vez más importante: la capacidad de la institución para prevenir daños evitables, detectar rápidamente sus propios errores, corregirlos y aprender de ellos.
También será necesario reconsiderar la relación entre protocolo y persona.
Los protocolos son esenciales. Permiten ordenar procedimientos, reducir improvisaciones y establecer estándares de seguridad.
Pero ningún protocolo puede sustituir completamente el juicio humano.
Cuando una regla se aplica mecánicamente olvidando las circunstancias concretas del enfermo, el instrumento creado para proteger al paciente puede terminar convirtiéndose en una fuente adicional de sufrimiento.
El hospital verdaderamente moderno tendrá que ser, por tanto, simultáneamente tecnológico y humano.
Tendrá que comprender que informar al paciente no constituye una cortesía, sino una parte del tratamiento.
Explicarle qué se está haciendo, por qué se está haciendo, cuánto tiempo debe durar y cuáles son las alternativas disponibles disminuye la ansiedad y devuelve a la persona una parte del control que inevitablemente pierde durante la hospitalización.
Tendrá también que comprender que escuchar al enfermo constituye información clínica.
El paciente conoce sensaciones que ninguna pantalla puede registrar completamente.
Sabe cuándo apareció un dolor, cuándo algo cambió, cuándo un procedimiento comenzó a producirle una molestia diferente y cuándo siente que su organismo no está reaccionando como antes.
Escucharlo no significa sustituir el conocimiento científico por la percepción subjetiva.
Significa incorporar esa percepción al conocimiento científico.
Hay además una palabra que debe recuperar su importancia dentro de los hospitales: responsabilidad.
Responsabilidad no significa buscar culpables.
Significa saber quién debe decidir, quién debe ejecutar, quién debe verificar y quién debe responder cuando las cosas no funcionan.
En las organizaciones excesivamente fragmentadas, la responsabilidad puede diluirse entre departamentos, turnos, especialidades y niveles administrativos.
Y cuando todos tienen una pequeña parte de la responsabilidad puede ocurrir que nadie tenga verdaderamente la responsabilidad del conjunto.
Por eso necesitamos devolver el paciente al centro.
No como una frase publicitaria colocada en la pared de un hospital. No como un lema institucional. Sino como principio organizador de toda la estructura.
Cada medicamento, cada análisis, cada procedimiento, cada consulta y cada día adicional de hospitalización debería poder responder una pregunta sencilla: ¿por qué esto es necesario para este paciente?
Cuando esa pregunta deja de hacerse, la institución comienza a funcionar para sí misma.
Y entonces aparece la sensación de cárcel.
No necesariamente porque existan puertas cerradas, sino porque el paciente comienza a sentir que ha perdido la capacidad de comprender y participar en lo que está ocurriendo con su propia vida.
Espera. Pregunta. Depende. Recibe respuestas diferentes. Observa incoordinaciones que no puede resolver.
Y mientras más se prolonga esa situación, más difícil resulta distinguir entre las limitaciones necesarias para curarlo y aquellas creadas por el funcionamiento de la propia institución.
Tenemos que cambiar ese concepto.
El hospital debe ser exactamente lo contrario de una cárcel. Debe ser una institución destinada a devolver libertad.
Libertad para respirar sin ayuda. Libertad para caminar nuevamente. Libertad para comer, dormir, trabajar, leer, conversar, regresar a la familia y recuperar la vida cotidiana.
Cada procedimiento médico debería conducir, directa o indirectamente, hacia esa recuperación de autonomía.
Por eso quizá necesitemos una definición nueva.
El mejor hospital del siglo XXI no será necesariamente el que tenga más máquinas ni el edificio más impresionante.
Será aquel que combine excelencia científica con excelencia organizativa; aquel cuyos especialistas conversen entre ellos; aquel donde una indicación llegue correctamente a quien debe ejecutarla; aquel donde un error active inmediatamente mecanismos destinados a impedir su repetición; aquel donde el protocolo sirva al enfermo y no el enfermo al protocolo.
Será también aquel donde el paciente sepa quién está conduciendo su caso, comprenda por qué continúa hospitalizado y participe, en la medida de sus posibilidades, en las decisiones que afectan su cuerpo y su futuro.
La medicina ha conseguido durante los últimos cien años victorias que nuestros antepasados difícilmente habrían podido imaginar. Precisamente por eso podemos exigirle ahora una nueva revolución.
Después de conquistar tantas enfermedades, ha llegado el momento de conquistar también los errores evitables, las malas prácticas, las incoordinaciones y la deshumanización que todavía sobreviven dentro de nuestros sistemas hospitalarios.
Curar no consiste únicamente en reparar un órgano.
Curar significa también evitar sufrimientos innecesarios, aprender de los errores, coordinar inteligentemente los cuidados, respetar la dignidad de quien está enfermo y devolverle progresivamente el dominio de su propia existencia.
Porque el paciente entra al hospital para recuperar su vida.
Y recuperar la vida significa, finalmente, recuperar la libertad.
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












