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Opiniones

EL AUTORITARISMO, MIEDO Y CREENCIA: LA PATOLOGÍA DEL SUBDESARROLLO POLÍTICO

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Nicanor Rodriguezz

POR DR. NICANOR RODRIGUEZ TEJADA
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El bajo umbral de control emocional en la población dominicana contemporánea no es un defecto genético ni un fenómeno aislado del presente; es el mecanismo de adaptación conductual de una sociedad que padece el síndrome del estrés postraumático histórico. Durante casi dos siglos, nuestro entorno ha internalizado que el poder es vertical, que la mediación pacífica es inútil y que las reglas se rompen sin consecuencias si se posee la fuerza para hacerlo. Al vaciar la palabra «democracia» de su contenido real —reduciéndola al rito mecánico de votar, y por lo regular mal—, el ciudadano actual queda suspendido en un vacío normativo: no teme a la sanción del Estado y carece de las herramientas psíquicas para la autorregulación cívica. Nunca ha habitado un espacio social gobernado por la equidad y la predictibilidad.

Es imperativo desmontar el mito de que el autoritarismo genera «orden». El supuesto orden autoritario dominicano, ensayado desde el grito de independencia en el siglo XIX, perfeccionado en el trujillato, prolongado en el balaguerismo y enquistado inconscientemente en el presente, no es más que una ilusión sostenida por la tríada del autoritarismo, el miedo y la creencia. Al no construirse una obediencia por deber, como la consagraba Jean-Jacques Rousseau, el Estado dominicano devino en una estructura vacía que el caudillo de turno modifica a su antojo. En ese vacío, la reelección se cultiva como un ancla divina que soporta una legitimidad social con bajísimos niveles de cuestionamiento. El colectivo parece haber asumido que es más seguro obedecer a la fuerza que exigir el cumplimiento del derecho.

Esta distorsión psicopolítica se materializa en nuestra alarmante historia constitucional: cerca de cuarenta modificaciones a la Carta Magna, de las cuales más de treinta y dos han tenido como único norte acuñar la reelección para garantizar el continuismo. Bajo este esquema, se fomenta el anhelo neurótico de que solo quien gobierna posee una virtud providencial, transformando al líder en un mesías. El flagelo del continuismo opera entonces como una patología arraigada en nuestro liderazgo social a todos los niveles; no importa la naturaleza ni la escala de la organización, el virus es el mismo.

Abordar un tema de esta envergadura en las líneas de un artículo puede parecer el intento de acaparar un grano de arena pensando que se altera la inmensidad del mar. Sin embargo, respondo a la necesidad vital de plasmar lo que desde los veinte años he venido madurando en mis propias circunstancias. Para sustanciar este diagnóstico, es preciso acudir a las mentes lúcidas que demuestran que nuestro drama, aunque con perfiles propios, se nutre de constantes herramientas humanas universales.

Ya en el Renacimiento, Nicolás Maquiavelo advertía que «el hombre es una criatura que obedece a una criatura que manda», añadiendo que la extrema obediencia supone ignorancia tanto en quien obedece como en quien manda, al anularse la necesidad de deliberar, dudar o razonar. Cuando Rousseau analiza este fenómeno, fulmina la obsesión reeleccionista señalando que el gobernante obsesionado con la perpetuidad rompe el pacto social y obliga al ciudadano a someterse por la fuerza. Este sometimiento, apadrinado por el clientelismo, termina por liquidar el sentido originario de la ciudadanía.

En esa misma línea, John Locke afirmaba que el desmantelamiento constante de la Constitución destruye la confianza en las instituciones. Este criterio lockeano ha estado trágicamente ausente en nuestro proceso histórico, lo que conecta a la perfección con el diagnóstico de Juan Bosch en su obra Composición Social Dominicana. Bosch contextualiza cómo la fragilidad originaria de nuestras instituciones facilitó que el poder político fuera asumido como un botín personal y no como un servicio cívico.

Aquí emerge el enfoque psicológico medular del problema: nuestros gobernantes, salvo raras excepciones, desarrollan el Complejo de Omnipotencia. El líder, psicopatológicamente, asume que el Estado es una extensión de su propio ser y que su salida del poder equivale a su aniquilación biológica o política. Se auto percibe como el único predestinado capaz de guiar el destino colectivo, y este delirio ha sido el camino más largo y tortuoso que ha recorrido nuestra historia.

Al rastrear la raíz caudillista del siglo XIX, confirmamos que el autoritarismo no es una herencia exclusiva del siglo XX. Un observador tan agudo de su tiempo como Pedro Francisco Bonó desmenuzó cómo las guerras fratricidas y el caudillismo rural anticuado generaron un estado de zozobra permanente. En ese entorno, la población aprendió a sobrevivir mediante el individualismo cerril y el recelo, anulando cualquier noción de bien común. Hoy en día, ese aprendizaje traumático prima en nuestra psiquis como una mordaza social perenne que limita nuestras posibilidades de transformación y envenena la convivencia colectiva.

En sintonía con este análisis, Juan Isidro Jiménes Grullón explica cómo las élites y los caudillos edificaron un Estado que no era más que una «ficción democrática». El pensador describe la frustración colectiva y el resentimiento social que se acumulan cuando las promesas de libertad son sistemáticamente traicionadas por la fuerza o el fraude. Cuando el líder se eterniza, sustituye la voluntad general por su voluntad particular, fragmentando moralmente a la sociedad y alienando al ciudadano, quien deja de ver al Estado como la expresión de la comunidad y pasa a percibirlo como un opresor.

Esta precariedad estructural dio paso a lo que Bosch denominó una «pequeña burguesía» que opera bajo la lógica del sálvese quien pueda. Al carecer de árbitros institucionales sólidos, el dominicano desarrolló un «cerebro de sobreviviente»: un aparato psíquico hiperreactivo, defensivo y propenso a estallar ante el menor estímulo porque asume que el entorno es intrínsecamente hostil. El ciudadano intuye que desde el poder solo se le valora como un instrumento de legitimación ajeno a su propia voluntad. Este pacto de sumisión mutua entre la necesidad del soberano y la fe del súbdito evoca inevitablemente los resultados políticos del Concilio de Nicea en el año 325 d.C., donde el Imperio Romano, Constantino y la Iglesia estructuraron un modelo de control dogmático cuyo eco aún padecemos.

A principios del siglo XX, Américo Lugo disparó una tesis dolorosa pero necesaria: el dominicano de su época «no constituía una nación» debido a la ausencia de una conciencia cívica devastada por el despotismo. El desamparo histórico por parte del Estado indujo al ciudadano a adaptarse a una «ley de la selva» de baja intensidad, donde los conflictos se resuelven en el plano estrictamente personal y reactivo. Esta visión es afín a los planteamientos de Bosch y se sitúa en la vecindad intelectual de pensadores decimonónicos como Ramón López.

Como politólogo y psicólogo, debo establecer a partir de la observación empírica que las alarmantes estadísticas de violencia que hoy nos marcan no son un hecho fortuito. Lo que ocurre en la República Dominicana es un síndrome psicopolítico de fijación con el poder absoluto y de dominación por el terror de baja intensidad. Cuando una sociedad es moldeada por el trauma del caudillismo, el tejido social asimila el control hegemónico como la única forma válida de existencia política. El virus de la reelección indefinida ha saturado el ADN cultural del dominicano, y su manifestación microscópica se observa cuando incluso las elecciones de una junta de vecinos o de un gremio profesional se convierten en un escenario de conflicto encarnizado. Es la reproducción exacta del dictador en cada átomo de la sociedad.

En Los condenados de la tierra, Frantz Fanon analiza la internalización del vínculo entre el opresor y el oprimido, ofreciéndonos la clave definitiva para comprender esta conducta. El dominado, al verse impedido de descargar su frustración contra las estructuras macro que lo oprimen por miedo a las consecuencias coercitivas, desplaza y canaliza esa violencia internamente hacia sus iguales. De ahí nuestro bajo control emocional colectivo: el dominicano descarga en el motoconchista, en el vecino, en el colega o en el más débil la rabia acumulada de un sistema históricamente abusivo que no puede confrontar directamente.

Finalmente, al cruzar esta realidad con el estudio de la personalidad autoritaria de Theodor Adorno, encontramos el espejo definitivo. Adorno establece que el individuo criado en estructuras rígidamente jerárquicas se torna sumiso ante los de arriba, pero implacable y tiránico con los de abajo. Nuestra cultura política ha sido una fábrica en serie de personalidades autoritarias. Quien accede a la pequeña parcela de poder de una junta de vecinos replica de inmediato el esquema de dominación por el miedo; no conoce otra forma de ejercer el liderazgo porque su estructura cognitiva tiene vedado el consenso y el respeto al derecho ajeno. Es en esa orfandad cívica y en esa distorsión de la psiquis donde nacen, se justifican y se perpetúan la teoría y el hombre del ente mesiánico.