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Opiniones

Vargas Llosa Desenmascarado por la Realidad

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Victor Grimaldi

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-

Después de la reciente visita de León XIV a España y del impresionante baño de masas que recibió en Madrid, regresé a la lectura de viejos periódicos españoles y encontré un artículo de Mario Vargas Llosa publicado en agosto de 2011.

Al releerlo vino inmediatamente a mi memoria una palabra que durante años se utilizó mucho en los barrios de Santo Domingo: privón.

El dominicano sabe perfectamente lo que significa.

El privón es el que aparenta saber más de lo que sabe, el que adopta poses intelectuales para proyectar una superioridad que no posee, el que vive construyendo una imagen destinada a impresionar a los demás.

Es, en definitiva, el aguajero que termina siendo descubierto por la realidad.

No me refiero, por supuesto, al Papa ni a los cientos de miles de jóvenes que participaron en la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid en agosto de 2011 bajo la presidencia de Benedicto XVI.

Me refiero a Mario Vargas Llosa, convertido durante décadas en una especie de referencia obligatoria para determinados círculos intelectuales latinoamericanos que asumían como verdad indiscutible buena parte de sus opiniones sobre la sociedad, la cultura y la religión.

El artículo en cuestión llevaba por título “La fiesta y la cruzada” y fue publicado en su columna “Piedra de Toque” del diario El País el 28 de agosto de 2011.

Allí ocurrió algo que rara vez sucede cuando las ideologías chocan contra los hechos: la realidad se impuso con tal fuerza que incluso Vargas Llosa tuvo que retroceder parcialmente de algunas de las premisas culturales que habían dominado durante décadas a buena parte de la intelectualidad occidental.

Durante gran parte del siglo XX, numerosos intelectuales proclamaron como una verdad prácticamente científica que la religión estaba condenada a desaparecer.

Positivistas, marxistas, materialistas y diversos teóricos de la modernización repetían una misma idea: el progreso de la ciencia, la educación y el desarrollo económico acabaría desplazando definitivamente la fe religiosa.

La religión era presentada como un residuo histórico destinado a extinguirse.

Aquella tesis fue difundida con una seguridad casi dogmática.

Paradójicamente, quienes se proclamaban defensores de la razón terminaban comportándose como creyentes de una nueva religión secular cuyos dogmas no admitían discusión.

La Jornada Mundial de la Juventud de Madrid representó una bofetada monumental contra esas teorías.

Cientos de miles de jóvenes llegados de todos los continentes llenaron las calles de la capital española.

No eran ancianos aferrados a una tradición moribunda.

No eran grupos marginales. Eran jóvenes, universitarios, profesionales, estudiantes, provenientes de países desarrollados y en desarrollo, reunidos libremente alrededor de una convicción religiosa.

Aquella imagen demolía décadas de pronósticos fallidos.

Y fue precisamente entonces cuando Vargas Llosa se vio obligado a admitir una realidad que durante años muchos de sus colegas habían ignorado.

En su artículo escribió: “Creyentes y no creyentes debemos alegrarnos del éxito de la visita del Papa a Madrid”.

La frase resulta significativa no por su profundidad intelectual sino porque constituye una admisión involuntaria de un error histórico mucho más amplio.

Lo interesante no es que Vargas Llosa alabara el éxito de la visita papal.

Lo interesante es que la magnitud del acontecimiento le impedía seguir sosteniendo sin matices la narrativa de la secularización inevitable.

La realidad estaba allí, delante de sus ojos, desmintiendo una construcción teórica que durante décadas había sido repetida en universidades, periódicos y círculos intelectuales.

No se trataba de un simple error de apreciación. Era el fracaso de una visión antropológica profundamente limitada.

El problema de muchos intelectuales contemporáneos no consiste en que sean ateos o agnósticos.

El problema consiste en que con frecuencia reducen al ser humano a dimensiones exclusivamente económicas, políticas o psicológicas, ignorando su necesidad de trascendencia.

La historia demuestra precisamente lo contrario.

Las grandes ideologías seculares prometieron llenar el vacío espiritual dejado por la religión.

El marxismo prometió el paraíso terrestre. El positivismo prometió una humanidad guiada exclusivamente por la ciencia.

Diversas corrientes materialistas prometieron explicar completamente al hombre mediante factores económicos o biológicos.

Ninguna logró satisfacer las preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia, el sufrimiento, la muerte o la esperanza.

Por eso la religión no desapareció.

Por eso tampoco desapareció en la Europa supuestamente posreligiosa que muchos presentaban como modelo definitivo de la modernidad.

Por aquellos años me correspondía servir como Embajador a la República Dominicana ante la Santa Sede.

Tuve la oportunidad de observar directamente la vitalidad de la Iglesia Católica en múltiples continentes y comprobar que las teorías sobre su inminente desaparición se encontraban muy lejos de la realidad.

Mientras algunos intelectuales escribían sobre el ocaso del cristianismo, millones de personas continuaban llenando templos, peregrinaciones y encuentros internacionales.

Madrid simplemente hizo visible algo que ya existía.

La cuestión fundamental no es que Vargas Llosa reconociera aquel hecho.

La cuestión es por qué tantos intelectuales necesitaron una evidencia tan abrumadora para admitir algo que millones de creyentes observaban diariamente.

La respuesta quizás sea incómoda.

Porque cuando una ideología se convierte en una lente obligatoria para interpretar la realidad, termina produciendo una forma peculiar de ceguera.

Los hechos dejan de ser observados tal como son y pasan a ser filtrados por prejuicios previos.

Y cuando finalmente la realidad resulta imposible de negar, no queda más remedio que reconocerla.

Eso fue exactamente lo que ocurrió en Madrid en agosto de 2011.

Ahora nada debe sorprender con la visita de León XIV del 2026.

No fue una victoria intelectual de Vargas Llosa su artículo del 2011.

Fue una derrota de sus presupuestos culturales.

No fue una confirmación de sus teorías.

Fue una rectificación impuesta por los hechos.

No fue el triunfo de una interpretación secular de la historia.

Fue el reconocimiento involuntario de que el ser humano sigue buscando aquello que ninguna ideología ha logrado sustituir.

La realidad, tarde o temprano, termina desenmascarando a los privones.

Y en Madrid, durante aquellos días de agosto de 2011, la realidad habló más alto que las teorías.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).