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EL JUEGO DEL PODER EN LAS DEMOCRACIAS LATINONAMERICANAS

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 POR LEONARDO GIL.-

La democracia política supone un orden representativo, elecciones periódicas, sufragio universal, división de poderes, rendición de cuenta y respeto del principio de la soberanía popular. La democracia social en América Latina  es más una corriente de pensamiento que una realidad.

Presupone que la libertad política requiera no sólo de la igualdad ante la ley,  sin privilegios y la convivencia en paz, sino también se necesita garantizar un mínimo nivel de vida para la población. Los planteamientos de la socialdemocracia pueden rastrearse hasta 1848, pero es después de 1930, cuando la crisis económica genera quebrantos, desocupación masiva y miseria, que en la mayoría de los países desarrollados se toma conciencia de la dimensión social de la ciudadanía.  

Sin embargo toda definición de Democracia ha contenido siempre un elemento ideal, de deber ser, y otro real. De ahí que, con el objetivo de distinguir entre ambos niveles,

Dahl acuna el concepto de “poliarquía” para referirse exclusivamente a las democracias realmente existentes. Según esta definición una poliarquía es una forma de gobierno caracterizada por la existencia de condiciones reales para la competencia (pluralismo) y la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos (inclusión).

Según Philippe C. Schmitter “la democracia es un régimen o sistema de gobierno en la que las acciones de los gobernantes son vigiladas por los ciudadanos que actúan indirectamente a través de la competencia y la cooperación de sus representantes”.

De acuerdo a esta definición la pregunta es: Son las Democracias en América Latina Realmente existentes? Considerando la democracia desde el punto de vista del ciudadano; es decir además de elegir a sus representantes, que puedan sancionarlos, vigilarlos, controlarlos y exigirles que tomen decisiones acordes a sus necesidades y demandas.

La realidad es que en nuestros países los ciudadanos carecen de toda posibilidad normativamente establecida para influir en los asuntos públicos mas allá de poder elegir a sus representantes periódicamente; de ahí que se trate de “democracias delegativas”, pues una vez los ciudadanos eligen a sus representantes, les delegan la función de gobernar por un tiempo determinado, durante el cual no podrán incidir de ninguna manera por carecer de las vías institucionales o judiciales para hacerlo; quizás estemos en presencia de Democracias inconclusas o regímenes democrático en lo electoral, pero antidemocrático en todo lo demás.

El politólogo italiano Leonardo Morlino (2003) resume en cinco puntos los criterios para medir una democracia de calidad: 1-) Gobierno de la ley; 2-) Rendición de cuenta; 3-) Reciprocidad; 4- Que tanto la democracia en cuestión se aproxima al ideario de libertad inherente a la democracia; 5-) Igualdad sin privilegios.  Así prosigue el autor, “una democracia de calidad o buena es aquella que presenta una estructura institucional estable que hace posible la libertad e igualdad de los ciudadanos mediante el funcionamiento legitimo y correcto de sus instituciones y mecanismos”.   

Desde este punto de vista tiene mucho sentido asumir por ejemplo, que solo puede hablarse de democracia en sociedades donde las desigualdades extremas o la concentración inequitativa de la riqueza han disminuido de manera efectiva; sin embargo en América latina es muy probable que la democracia siga atrapada en disputas mezquinas por el poder a través del clientelismo y el caudillismo que por la vía de los hechos supediten nuevamente a los ciudadanos y sus eventuales conquistas.

A fin de cuenta el entendimiento del juego del poder en clave realista lleva a reconocer que el peso de los intereses creados no tiene reparos de ningún tipo a la hora de ganar, aunque sea a costa de mutilar la Democracia.

 

 

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