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Opiniones

Trauma uterino, maltrato infantil: La crisis del macho

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Nicanor Rodriguez

POR DR. NICANOR RODRÍGUEZ TEJADA

La sociedad dominicana transita por un laberinto de violencia y desconcierto donde las respuestas oficiales se reducen a la repetición inútil de recetas fallidas. Cada vez que nos estremece un titular trágico, ya sea un feminicidio evitable, una espiral de violencia intrafamiliar o el caos sangriento de nuestras vías públicas, el Estado y la opinión mediática corren raudos a administrar la consecuencia. Se endurecen penas sobre el papel, se multiplican los discursos de indignación y se prometen operativos policiales punitivos. Sin embargo, se le huye con pánico institucional a mirar la causa.

Para entender verdaderamente el tamaño de nuestra descomposición, debemos descender aún más profundo y conectar esto con la arquitectura del desarrollo humano. Como bien advierte el doctor Bessel van der Kolk en su obra fundamental El cuerpo lleva la cuenta, el trauma no es solo un recuerdo; es una huella indeleble grabada en el sistema nervioso. ¿Qué ocurre en una sociedad donde el consumo de alcohol durante el embarazo deviene en daños neurológicos irreversibles en la corteza prefrontal del feto, o donde el maltrato infantil crónico atrapa al niño en una alerta perpetua de supervivencia, atrofiando su empatía?

Sobre esa base neurotóxica y traumática, la estructura social bifurca el dolor. En el hombre, el sufrimiento emocional derivado de ese trauma temprano se externaliza: socializado bajo el molde rígido de la masculinidad hegemónica, tiene prohibida la vulnerabilidad y traduce el dolor en ira, control y agresión. En la vereda opuesta, la mujer carga con los estragos de la internalización: profundos cuadros de ansiedad, fobias y depresión crónica. El verdadero peligro estalla cuando estas dos trayectorias colisionan en la vida adulta en el conato de conflicto generado por la unión de dos cerebros profundamente fracturados, que nunca valoraron los daños sufridos desde la concepción o la infancia.

Cuando la mujer moderna gana autonomía, rechaza el sometimiento y reconfigura las reglas del vínculo, el hombre atrapado en su propia indigencia emocional no lo interpreta como un cambio civilizatorio, sino como una herida narcisista mortal. Incapaz de procesar la frustración o el rechazo desde la madurez afectiva, su cerebro primitivo recurre al único recurso que conoce: la violencia para retomar el control perdido.

Lo que une el alcoholismo fetal, la negligencia infantil, la brecha emocional entre sexos y la furia de esta masculinidad en ruinas es un hilo conductor invisible: la incapacidad radical de gestionar la frustración y el vacío desde una estructura emocional sana.

Cuando el Estado ignora estas causas estructurales y se limita a encarcelar al agresor cuando ya mató, o a lamentar los daños en las estadísticas del fin de semana, actúa con la misma miopía con la que gestiona la anarquía vial. Se prefiere financiar el desastre que educar el cerebro desde la infancia, sanar el trauma y desmontar los moldes culturales de una prepotencia que colapsa sencillamente porque el mundo cambió, pero su mente se quedó estacionada en la caverna del control.

Continuar gobernando y legislando a base de aspirinas para un cáncer sistémico es una estafa intelectual. Si el Estado no asume una política pública de salud mental preventiva, de protección rigurosa de la infancia y de reeducación social profunda, seguiremos asistiendo con impotencia al triste espectáculo de un país

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).