Opiniones
Juventud atrapada en la era digital

Mensajes tóxicos, manipulación emocional y el debilitamiento del pensamiento crítico.
Por J. Luis Rojas
([email protected])
Durante décadas, en los espacios académicos se enseñaba que la comunicación masiva cumplía cuatro funciones esenciales: educar, informar, orientar y entretener. Estas funciones eran consideradas pilares de la vida democrática y cultural de las sociedades modernas. Sin embargo, en la nueva realidad mediática, tanto los medios tradicionales como los digitales han abandonado esas funciones sustanciales, sustituyéndolas por dinámicas de mercado, intereses corporativos y la búsqueda obsesiva de visibilidad inmediata.
El tránsito de los medios de comunicación hacia plataformas mediáticas controladas por grupos empresariales provocó una transformación radical: la comunicación dejó de ser un servicio público para convertirse en un negocio y en estructuras de poder. En este contexto, la calidad del mensaje perdió relevancia frente a la cantidad de “views” y “likes”. La consecuencia es evidente: audiencias cada vez más expuestas a mensajes tóxicos, banales y manipuladores, sin capacidad crítica para analizarlos.
Medios tradicionales y digitales: un contraste en crisis
En el pasado, los medios tradicionales eran gestionados por profesionales con credenciales éticas y académicas. Los líderes de opinión gozaban de credibilidad y podían orientar a las audiencias con rigor. Hoy, en cambio, los espacios mediáticos están dominados por opinadores improvisados e “influencers” que producen contenidos sin sustento, sin responsabilidad social y sin compromiso con la verdad.
Pierre Bourdieu advertía que los medios podían convertirse en instrumentos de dominación simbólica, anulando el sentido crítico de las audiencias. Stuart Hall, desde la teoría de la recepción, señalaba que los mensajes no son neutrales: transmiten ideologías que moldean la percepción colectiva. En la era digital, estas advertencias se materializan con fuerza. Los jóvenes, principales consumidores de contenidos en redes sociales, son los más vulnerables a la manipulación mediática.
La ausencia de periodistas éticos
Uno de los problemas más graves del ecosistema comunicacional actual es la ausencia de periodistas éticos, profesionales y responsables. La figura del periodista comprometido con la verdad, que investiga con rigor y contrasta fuentes, ha sido desplazada por comunicadores que privilegian la inmediatez y la espectacularidad. El resultado es un periodismo debilitado, incapaz de cumplir su función social y cada vez más subordinado a intereses corporativos o políticos.
La falta de ética profesional en el periodismo contemporáneo ha generado un vacío de credibilidad. Las audiencias, especialmente los jóvenes, se ven expuestas a contenidos que no informan ni educan, sino que buscan manipular emociones y reforzar prejuicios. Esta crisis de credibilidad no solo afecta al periodismo como profesión, sino que erosiona la confianza pública en los medios de comunicación, debilitando la democracia y la capacidad de la ciudadanía para tomar decisiones informadas.
Frente al declive de los medios tradicionales de comunicación y la interrupción, por parte de las Escuelas de Comunicación Social de las universidades, en la formación de periodistas éticos y profesionales, ha dado paso a una abundancia de supuestos comunicadores y productores de contenidos que, día tras día, se apoderan del sistema mediático dominicano, desplazando a quienes ejercen el periodismo con compromiso hacia el bienestar colectivo.
Comediantes e influencers han invadido las emisoras de televisión, radio y plataformas digitales, utilizándolas como canales para influir negativamente en segmentos de audiencias carentes de herramientas críticas para percibir y rechazar los meta-mensajes que subyacen en los contenidos deliberadamente producidos, difundidos y compartidos por estos nuevos emisores de la comunicación masiva.
Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿dónde queda el periodismo crítico, ético y profesional, al servicio de la verdad y de la justicia social?
Conducta juvenil en la era digital
Diversos estudios confirman que la comunicación masiva influye de manera directa en la conducta individual y colectiva. Almeida-Macías, Guevara-Chávez y Ponce-Bravo (2024) sostienen que los medios configuran percepciones y valores, determinando la agenda política y social. La calidad, veracidad y utilidad de la información resultan esenciales para el desarrollo del pensamiento crítico; sin embargo, en la actualidad predominan la desinformación y el sensacionalismo.
La neurociencia de la comunicación, según investigaciones divulgadas en The Conversation (2026), demuestra que los mensajes mediáticos generan respuestas emocionales y cognitivas medibles. La propaganda y la publicidad pueden manipular la memoria y las emociones juveniles, condicionando su comportamiento. Joaquín Linne (2026), en una revisión sistemática sobre jóvenes y tecnologías digitales, identifica efectos como el FoMO (miedo a perderse algo), la nomofobia y el tecnoestrés, que impactan en la salud mental, el rendimiento académico y las relaciones sociales.
Por su parte, Ortiz-Henderson y colaboradores (2026) destacan que los jóvenes utilizan las redes sociales para informarse y visibilizar causas, pero su participación política es limitada y superficial. Además, persisten brechas de género en las competencias digitales, lo que agrava la desigualdad en el acceso a una ciudadanía crítica.
La alienación mediática y sus consecuencias
Nunca como ahora la comunicación masiva había sido tan alienante, nociva y controladora de la mente humana. Los mensajes banales y tóxicos que circulan en medios y plataformas digitales afectan directamente la conducta de los jóvenes, quienes, en su mayoría, no han recibido una educación de calidad que les permita desarrollar pensamiento crítico. La comunicación, en lugar de formar ciudadanos, está contribuyendo a producir audiencias pasivas, acríticas y manipulables.
La banalización del mensaje mediático tiene consecuencias profundas: deterioro del debate público, debilitamiento de la democracia, pérdida de valores sociales y aumento de la ignorancia colectiva. En este escenario, los jóvenes se convierten en receptores de contenidos que no educan, no orientan, no informan y no entretienen de manera sana.
Desde el ámbito gubernamental dominicano, los responsables de diseñar e implementar políticas públicas, en aras de proteger la salud mental principalmente de las audiencias conformadas por niños, adolescentes y jóvenes, están compelidos a prestar mayor y mejor atención a lo que acontece en torno al sistema mediático de la sociedad dominicana.
Este compromiso no puede limitarse a la observación pasiva y al lamento continuo. Se requiere la puesta en marcha de regulaciones claras y efectivas que garanticen la calidad y la responsabilidad de los contenidos difundidos en televisión, radio y plataformas digitales. Asimismo, resulta imprescindible impulsar programas educativos de alfabetización mediática, orientados a fortalecer la capacidad crítica de las audiencias más vulnerables, de modo que puedan identificar, cuestionar y rechazar mensajes nocivos o manipuladores.
El Estado, en coordinación con las escuelas de comunicación de las universidades, las organizaciones comunitarias y las iglesias, debe promover campañas de sensibilización y formación ciudadana que fomenten valores éticos en la producción y consumo de contenidos mediáticos. Solo de esta manera será posible contrarrestar la influencia negativa de emisores improvisados y garantizar que la comunicación masiva cumpla su verdadero propósito: contribuir al bienestar colectivo, fortalecer la democracia, proteger la justicia social y consolidar la gobernanza pública.
Un llamado a la responsabilidad
La comunicación masiva, tanto en medios tradicionales como digitales, atraviesa una crisis de credibilidad y de función social. Sin embargo, esta realidad no es irreversible. Los actores clave que inciden en el manejo de los medios —propietarios, directores, productores de contenidos, periodistas e influencers— tienen la responsabilidad de reflexionar sobre los efectos negativos de los mensajes que elaboran y difunden.
Si estos actores comprendieran el impacto que sus contenidos tienen en la conducta juvenil, podrían transformar la comunicación en una herramienta para formar ciudadanos críticos, responsables y comprometidos con la sociedad. La comunicación masiva debe recuperar sus funciones esenciales: educar, informar, orientar y entretener. Solo así podrá contribuir a construir una ciudadanía más consciente y una democracia más sólida.
En este proceso, las universidades tienen un papel fundamental. No basta con formar comunicadores técnicamente competentes; es imprescindible que las instituciones académicas asuman la responsabilidad de educar profesionales éticos, críticos y comprometidos con la verdad. La universidad debe ser el espacio donde se cultive la conciencia social del periodista y del comunicador, garantizando que la comunicación vuelva a ser un instrumento de servicio público y no un simple negocio.
El futuro de la sociedad dominicana depende de múltiples factores, entre ellos la capacidad y visión de los actores que inciden directa o indirectamente en la forma y en los contenidos que difunden los medios de comunicación, así como de las universidades para asumir su responsabilidad ética y social. La tarea es urgente: recuperar la esencia humana, social y ética de la comunicación como herramienta de ciudadanía crítica, democracia y desarrollo humano saludable.
Quienes actualmente deciden los contenidos que se difunden a través de los medios de comunicación de masas tienen una cuota de responsabilidad en el nivel de descomposición que vive hoy la sociedad dominicana. Los medios de comunicación inciden directamente en el tipo de sociedad que se desea construir. Están muy equivocados quienes creen que los contenidos difundidos por los medios, ya sean tradicionales o digitales, no inducen la violencia, el consumo irracional y el buen o mal comportamiento de los receptores.
La realidad indica que es necesario estudiar, analizar y mejorar la práctica comunicacional en sus diversas dimensiones: social, comercial, institucional, organizacional, política, mediática y cultural. Para ello resulta imprescindible retomar como punto de referencia las profundas, diversas y certeras reflexiones que, en sus respectivos momentos, llevaron a cabo comunicólogos como Miquel de Moragas i Spà, Armand Mattelart, Daniel Prieto Castillo, Jesús Martín-Barbero, Alicia Amabel Poloniato Musumeci, Mabel Piccini, José Antonio Paoli Bolio, María Luisa Murillo y Manuel Martín Serrano, entre otros grandes estudiosos de los efectos que provocan los mensajes de la comunicación
Surge entonces una interrogante fundamental: ¿cuáles son las perspectivas de una sociedad cuyos sistemas mediático y educativo, así como los contenidos de la mayoría de sus géneros musicales, ni educan, ni orientan, ni informan, mientras que el tipo de entretenimiento que se ofrece embrutece, disminuye la inteligencia y anestesia la capacidad de pensar y analizar de manera crítica?
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












