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A Bosch lo obligaron a marcharse y construyó un nuevo partido que llegó al poder

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Juan Bosch y el autor de este artículo, Victor Manuel Grimaldi Céspedes.

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-

Varias veces se lo dije a Juan Bosch: para mí, él no había renunciado al Partido Revolucionario Dominicano. Lo habían expulsado. No mediante una resolución disciplinaria ni con una votación que decretara su separación, sino haciéndole imposible desarrollar dentro del partido el proyecto de organización y disciplina que consideraba indispensable.

Esa fue siempre mi interpretación de aquella ruptura. Una cosa es el documento mediante el cual un dirigente presenta su renuncia y otra son las circunstancias políticas que lo conducen a firmarlo. La firma puede ser voluntaria; las condiciones que la provocan pueden haberle cerrado todas las puertas.

Sigo pensando que la gran equivocación de José Francisco Peña Gómez, Jacobo Majluta, Hatuey De Camps y hasta de Salvador Jorge Blanco fue resistirse a los planes de Bosch para organizar con disciplina al PRD.

A mi juicio, aquella resistencia contribuyó a privar al partido de una oportunidad extraordinaria: aprovechar la experiencia de su principal maestro político para preparar una organización capaz de conquistar el gobierno y ejercerlo con responsabilidad.

El PRD había sido fundado en La Habana, Cuba, el 21 de enero de 1939, por un grupo de dominicanos en el exilio del que Bosch formaba parte.

Era una organización nacida de la lucha contra la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, cuando hacer oposición exigía sacrificios personales y la distancia de la patria podía prolongarse durante décadas.

Después de la caída de Trujillo y del establecimiento del PRD en territorio dominicano, Bosch desempeñó un papel fundamental en su transformación en una fuerza política nacional. Su capacidad para explicar los problemas sociales, hablar al pueblo y relacionar la política con las necesidades cotidianas contribuyó decisivamente a la victoria electoral de diciembre de 1962.

No fue una obra individual. Hubo dirigentes, militantes y ciudadanos que hicieron posible aquel triunfo.

Pero reconocer ese esfuerzo colectivo no obliga a disminuir el papel central de Bosch, quien encabezó la candidatura presidencial y dio al partido una autoridad política y pedagógica excepcional.

El golpe de Estado de septiembre de 1963 interrumpió su gobierno. La crisis dominicana posterior, la guerra de 1965 y la intervención militar estadounidense hicieron todavía más difícil el camino democrático.

Para comprender las preocupaciones organizativas de Bosch hay que recordar esas experiencias: había ganado unas elecciones, había ocupado la Presidencia y había visto cómo se destruía el orden constitucional.

La cuestión, por tanto, no se reducía a conseguir votos. Era necesario pensar qué clase de organización podía sostener un proyecto de gobierno, cómo debían formarse sus miembros y qué responsabilidades correspondían a sus dirigentes.

Bosch atribuía una importancia decisiva al estudio y a la disciplina. En mi interpretación, entendía que el entusiasmo popular debía acompañarse de una estructura capaz de convertir las aspiraciones de la gente en una acción política coherente.

Fue alrededor de esas cuestiones donde se profundizaron las diferencias. No todos concebían de la misma manera el partido, sus métodos de trabajo o el camino hacia el poder.

Pero considero que la resistencia a los planteamientos de Bosch terminó por hacer insostenible su permanencia.

El 18 de noviembre de 1973 presentó formalmente su renuncia al PRD. Esa es la realidad documental.

Mi juicio político, el mismo que le comuniqué personalmente en varias ocasiones, es que lo habían obligado a marcharse.

Peña Gómez favoreció después una organización de amplia convocatoria, en la que confluyeron sectores de derecha y distintas procedencias de la izquierda. Esa capacidad de reunir fuerzas diversas tuvo importancia electoral. Sin embargo, a mi entender, no resolvió las dificultades de coherencia y disciplina que preocupaban a Bosch.

Un partido puede crecer y conservar en su interior contradicciones profundas. Puede movilizar multitudes y carecer de acuerdos duraderos sobre cómo ejercer el poder. Puede ganar unas elecciones y descubrir, ya en el gobierno, que sus dirigentes responden a proyectos enfrentados.

Desde luego, el PRD llegó a la Presidencia sin Bosch: con Antonio Guzmán en 1978 y con Salvador Jorge Blanco en 1982.

Esos triunfos forman parte de la historia y deben reconocerse. Mi crítica no consiste en negarlos, sino en señalar lo que considero una oportunidad perdida para construir una cultura de organización, formación y responsabilidad política.

Tampoco puede reducirse la trayectoria de Peña Gómez a sus diferencias con Bosch. Su liderazgo popular tuvo un peso indiscutible.

Pero sigo creyendo que la ruptura de 1973 dejó una herida cuyas consecuencias acompañaron durante muchos años a la política dominicana.

Bosch, entretanto, comenzó de nuevo.

El 15 de diciembre de 1973 fundó, junto con los compañeros que lo acompañaron, el Partido de la Liberación Dominicana. A los sesenta y cuatro años de edad emprendió la tarea de construir otra organización, con la formación política y el trabajo sistemático como elementos centrales.

El crecimiento fue lento. Hubo años de resultados electorales modestos, de estudio y de esfuerzos que parecían desproporcionados frente a los votos obtenidos.

Con el tiempo, aquel partido adquirió una presencia nacional y se convirtió en una fuerza capaz de disputar la Presidencia.

En 1996 el PLD llegó al gobierno con Leonel Fernández.

La precisión es necesaria: Bosch no fue el candidato vencedor y el respaldo de Joaquín Balaguer en la segunda vuelta resultó decisivo para aquel triunfo. También contaron el trabajo de los dirigentes, la militancia y las decisiones de los electores.

Pero el partido que alcanzó el poder era el que Bosch había fundado y formado. En ese sentido histórico sostengo que llevó al poder a su nueva organización: dejó construida la fuerza política que hizo posible aquella llegada.

Por eso recuerdo lo que le decía. Para mí, su salida del PRD no podía explicarse solamente mediante la palabra renuncia. Había que mirar la resistencia acumulada, el espacio que se le había cerrado y la imposibilidad de realizar allí el proyecto que defendía.

A Bosch lo obligaron a marcharse. Y él respondió dedicando los años que todavía tenía por delante a fundar, enseñar y organizar otro partido que también llegó a gobernar la República Dominicana.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).