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Opiniones

Supervisar con humanidad: una mirada desde la experiencia

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Por Wendy Carrasco de Arismendy.-
(Educadora y periodista)

“Para supervisar se necesita conocimiento; para orientar, experiencia; para establecer límites, carácter; pero para acompañar verdaderamente se necesita humanidad.

Santo Domingo.- Cuando se habla del perfil profesional y la formación académica que debe tener un técnico docente de supervisión, suele hacerse énfasis en los conocimientos, competencias y experiencia necesarios para desempeñar esta función. Sin embargo, desde mi experiencia como docente y profesional vinculada a los procesos de gestión educativa, considero que existe una dimensión que no puede quedar fuera: la dimensión humana.

Supervisar no es solamente aplicar instrumentos, revisar procesos o identificar hallazgos; es entrar en contacto con personas y realidades que requieren una mirada profesional, objetiva y, al mismo tiempo, sensible.

Un técnico docente de supervisión debe conocer las normativas, ordenanzas, resoluciones y disposiciones que orientan el sistema educativo dominicano, así como la Ley General de Educación No. 66-97. Pero el conocimiento de las normas, por sí solo, no garantiza una buena supervisión. También es necesario comprender la cultura, las costumbres, las dinámicas sociales y las particularidades de las comunidades donde se desarrolla la labor educativa.

Nuestro sistema está organizado territorialmente en 18 regionales educativas, con contextos y desafíos diversos que requieren profesionales capaces de interpretar cada realidad sin perder de vista el marco institucional que los orienta.

Por eso entiendo que el perfil del técnico docente de supervisión debe ser integral: formación académica, experiencia, conocimiento de la gestión educativa y una sólida formación ética y moral. Debe saber establecer límites profesionales, utilizar adecuadamente los instrumentos de supervisión, identificar hallazgos y formular recomendaciones oportunas, pertinentes y fundamentadas. Pero también debe comprender que una recomendación no tiene como propósito señalar a una persona, sino contribuir a que un proceso pueda fortalecerse.

Los procesos más neurálgicos del sistema educativo tienen su expresión concreta en los centros educativos. Allí confluyen las políticas, las normativas, la gestión pedagógica, institucional y administrativa y, sobre todo, las personas. Aunque existan áreas, niveles, departamentos, unidades, divisiones y direcciones con responsabilidades específicas, todos formamos parte de un mismo equipo de gestión educativa y estamos llamados a trabajar de manera articulada para responder a las necesidades de los centros, los distritos y las regionales.

En ese escenario, la dimensión humana debe ocupar un lugar importante, pero sin confundir humanidad con familiaridad. El profesional que supervisa debe saber escuchar sin perder objetividad, comprender sin justificar lo que debe ser corregido y orientar sin asumir una posición de superioridad. Ser cercano no significa perder autoridad; por el contrario, muchas veces la autoridad profesional se fortalece cuando se ejerce con respeto, claridad y sensibilidad.

Supervisar también implica saber comunicar. No basta con encontrar una situación que debe mejorar; es necesario saber cómo plantearla. La forma en que presentamos un hallazgo puede abrir una puerta al cambio o levantar una barrera. Por eso, una buena supervisión debe procurar que las recomendaciones sean entendidas como oportunidades para fortalecer la gestión y no como juicios personales sobre quienes tienen la responsabilidad de dirigir un proceso.

¿Debe ser íntegra la persona que ejerce la supervisión educativa? Claro que sí. Su actuación impacta directa e indirectamente a la comunidad educativa y, por la naturaleza de su función, se convierte en un referente profesional. La ética no puede ser un discurso separado de la práctica. Se expresa en la manera de hablar, escuchar, actuar, tomar decisiones, manejar la información y relacionarse con quienes forman parte de la comunidad educativa.

Incluso la imagen que proyectamos comunica. La forma de vestir, las expresiones, los gestos, el comportamiento y aquello que decidimos exhibir públicamente forman parte de la manera en que somos percibidos como profesionales. No se trata de imponer una determinada imagen, sino de comprender que existen espacios y responsabilidades que demandan prudencia, respeto y coherencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que representamos.

Uno de los mayores retos de la supervisión educativa está precisamente en encontrar el equilibrio entre la exigencia profesional y la sensibilidad humana. Se necesitan técnicos docentes capaces de observar con objetividad, pero también de escuchar; profesionales que conozcan las normas, pero sepan interpretar los contextos; que puedan señalar los aspectos de mejora, pero también reconocer los avances y esfuerzos de quienes gestionan los centros educativos.

Desde mi experiencia, considero que supervisar no significa colocarse por encima de quien es acompañado. Significa asumir una responsabilidad dentro de un sistema en el que todos tenemos un propósito común: contribuir a mejores procesos educativos y a mejores oportunidades para nuestros estudiantes. La supervisión debe ser firme cuando las circunstancias lo requieren, pero nunca perder el respeto por la persona que está al otro lado del proceso.

Por eso, más que preguntarnos únicamente qué debe saber un técnico docente de supervisión, deberíamos preguntarnos también qué valores debe encarnar. Porque para supervisar se necesita conocimiento; para orientar, experiencia; para establecer límites, carácter; pero para acompañar verdaderamente se necesita humanidad. Cuando la profesionalidad se encuentra con la ética, la experiencia con el compromiso y la supervisión con una mirada humana, entonces deja de ser únicamente un mecanismo de control y se convierte en una verdadera herramienta para la transformación educativa.