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Opiniones

LA PIRÁMIDE IMPERFECTA: DE LA PLUTOCRACIA PARTIDARIA AL FENÓMENO “ALOFOKE”

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Nicanor Rodriguez

Por: Dr. Nicanor Rodríguez Tejada

Existe una tentación muy cómoda en el análisis social dominicano: culpar de todos nuestros males a las élites o, en el extremo opuesto, despreciar al pueblo por sus preferencias culturales y electorales. Sin embargo, si examinamos la historia sin pasiones, descubriremos que la crisis de representatividad que hoy vivimos no es un accidente, sino el resultado de un pacto implícito de conveniencias entre la cima y la base de nuestra pirámide social.

Desde la gesta de la Restauración en 1865 hasta la caída del régimen de Ulises Heureaux (Lilís) en 1899, el país navegó en el caos del caudillismo a caballo. Aquella vulnerabilidad institucional desgastó a la sociedad a tal punto que la inestabilidad de las primeras décadas del siglo XX terminó pavimentando el camino para la llegada de la dictadura de Trujillo en 1930. El dictador no surgió en el vacío: fue la respuesta trágica de una nación desesperada por orden ante el colapso de sus actores políticos.

La trampa del siglo XXI: La involución respecto a 1920, resulta paradójico y trágico constatar cómo hemos involucionado en materia de apertura democrática. En la segunda década del siglo XX, en medio de una ocupación militar extranjera y con una población mayoritariamente analfabeta, el legislador electoral de la época estableció condiciones de participación donde las candidaturas independientes contaban con reglas equitativas. El sistema no estaba eclipsado ni blindado para impedir la irrupción de ciudadanos valiosos que aspiraran a servir a la patria sin depender del monopolio partidario.

Hoy, en pleno siglo XXI, con un pueblo alfabetizado y conectado digitalmente, la partidocracia ha construido un cerco jurídico infinitamente más rígido y opaco que el de hace cien años. El propio sistema electoral ha legalizado la imposibilidad del ascenso democrático. Cuando competir por una simple regiduría exige entre 5 y 20 millones de pesos, haciendo astronómico el costo de una candidatura presidencial, el marco normativo le impone a la sociedad una aduana perversa.

Para competir, la ley exige el montaje de estructuras nacionales titánicas que un ciudadano honesto «de abajo», sin compromisos corporativos o sin vínculos con negocios opacos, jamás podrá sostener. Los partidos crearon una legislación a su medida para garantizar su sucesión endogámica, prefiriendo el control sobre la democracia y vulnerando abiertamente los principios constitucionales de igualdad (Art. 39) y participación equitativa (Art. 216). Ha tenido que ser el Tribunal Constitucional el que desmonte, sentencia tras sentencia, las garras de ese secuestro legislativo.

La complicidad del silencio: El juicio a los de abajo, sin embargo, la responsabilidad no descansa únicamente en las cúpulas legislativas. Sería deshonesto eximir a la base social de su propia cuota de participación. La pirámide política se sostiene porque en la parte inferior ha echado raíces una cultura clientelar donde el voto se comercializa y la exigencia ciudadana se transa por la dádiva inmediata.

Cuando el electorado tolera que la política sea un mercado de favores en lugar de un debate de ideas, abdica de su soberanía. El ciudadano que acepta el clientelismo valida y financia la misma estructura que luego lo excluye. Si la única medida del valor social en la política actual es el dinero como adorno supremo, el ciudadano termina aceptando que solo quien tiene capital tiene derecho a mandar.

El «Alofokismo»: es una consecuencia inevitable del cerco, en medio de este cortocircuito entre un sistema partidario hermético y una base desilusionada, irrumpe el fenómeno Alofoke y la cultura del espectáculo digital, lo que al parecer es lo que merecemos como respuesta hoy en el siglo XXI.

Este fenómeno no es la causa de nuestra degradación, sino su efecto sociológico más depurado. Cuando la ley y los partidos destruyen las válvulas de escape institucionales y le dicen al joven dominicano que el mérito, la preparación y la ética no sirven para ascender, la sociedad crea sus propios referentes al margen del sistema.

Alofoke es la respuesta de un mercado social que adopta el mismo valor que los partidos le enseñaron: el dinero y la estridencia como única clasificación de poder. El «caudillo digital» llena el vacío que dejó la falta de democracia real. Si en 1930 la asfixia política parió el mesianismo de Trujillo, en el siglo XXI la clausura del sistema de partidos ha parido el mesianismo del espectáculo.

En el centro del debate, nos ubicarnos en el centro de esta tormenta que exige denunciar la trampa sin medias tintas. Ni el blindaje legal de los partidos para perpetuar sus privilegios, ni la complicidad de una ciudadanía que vende su dignidad por inmediatez, nos llevarán a un Estado de derecho auténtico.

Si no abrimos el sistema electoral para que el ciudadano de mérito pueda competir sin venderle el alma al dinero, y si el pueblo no recupera la exigencia ética frente a sus líderes, seguiremos atrapados en la misma ilusión. Cambiaremos el formato del espectáculo o la sigla del partido, pero continuaremos siendo rehenes de un sistema que le teme a la verdadera democracia.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).