Opiniones
LA PN: UNA REFORMA SIN REFORMA

POR DR. NICANOR RODRIGUEZ TEJADA (*)
Distanciar la psicología en la reforma policial es anticipar su fracaso. No obstante, cada cierto tiempo, el Estado dominicano decide reformar su Policía Nacional, cambiar uniformes, incorporar tecnología, reescribir el escalafón de ascensos, prometiendo supervisión civil y un régimen disciplinario más estricto. Pero de igual forma cada cierto tiempo, este esfuerzo tropieza con el mismo muro invisible, donde la conducta del agente en la calle no cambia al ritmo que cambia el papel.
Lo anterior lo vimos en el marco de la Ley Orgánica 590-16 de 2016, cuya reglamentación de aplicación, la que debía normar el uso de la fuerza, la evaluación del desempeño y las comisiones independientes, lleva años sin siquiera conocerse ni aprobarse. Y lo estamos viendo otra vez, con el reciente proyecto de reforma que, tras ser sancionado por el Senado y modificado sustancialmente en la Cámara de Diputados, regresa a la cámara alta para su ponderación final.
La pregunta que este artículo quiere plantear no es si la reforma es necesaria, lo es, sin discusión, sino si, tal como está estructurada en este intenso vaivén legislativo, tiene alguna posibilidad real de evitar lo que ya sabemos que va a ocurrir: que dentro de un tiempo volvamos a hablar de uso excesivo de la fuerza, de agentes que reaccionan con violencia desproporcionada, y de una ciudadanía que sigue sin confiar en quien debería protegerla. Y aquí conviene ser precisos desde el inicio: el fracaso que se anticipa en este texto no es, en su raíz, un fracaso jurídico. Es, sobre todo, un fracaso psicológico que el derecho no puede resolver por sí solo.
Una reforma de estructura, no de comportamiento. Basta revisar el contenido del texto bajo debate parlamentario para notar el patrón: un nuevo sistema de carrera policial basado en el mérito, mecanismos más estrictos de supervisión y rendición de cuentas, la creación de un centro nacional de estándares de la profesión policial y el fortalecimiento de la supervisión civil. Todo eso es correcto, todo eso es necesario. Pero todo eso, hay que decirlo con claridad, es arquitectura institucional, no transformación humana.
Un psiquiatra consultado públicamente, justo antes de que las cámaras legislativas aceleraran la votación de estos cambios, lo resumió con una frase que debería quedar grabada en cualquier discusión seria sobre seguridad ciudadana: la reforma no ha podido desmontar el sistema de creencias, la revisión de actitudes, el pensamiento y los comportamientos de los policías. Se ha invertido en uniformes y en tecnología, mientras el componente psicológico permanece, en la práctica, como un capítulo secundario.
Esto no es un matiz técnico. Es el núcleo del problema, y la psicología ya tiene nombre propio para explicarlo. Zimbardo y Bandura: El uniforme y el rol Philip Zimbardo, en su célebre investigación sobre el comportamiento humano bajo estructuras de autoridad, demostró que un rol jerárquico, un uniforme y un sistema que no incorpora salvaguardas activas de supervisión emocional pueden inducir comportamientos abusivos incluso en personas psicológicamente sanas. El riesgo no está únicamente en «quién» es el agente que ingresa a la institución, sino en cómo la situación institucional, la presión del grupo, la jerarquía y la falta de contención emocional lo predisponen, si nada se interpone conscientemente en ese camino.
A esto se suma lo que Albert Bandura documentó sobre el aprendizaje de la conducta agresiva: se adquiere principalmente por modelado, observando e imitando a figuras de autoridad o pares, sobre todo en entornos donde esa conducta es reforzada o normalizada institucionalmente. Si la cultura interna de la Policía, no la ley escrita, sino lo que efectivamente se transmite entre compañeros de patrulla, sigue premiando la fuerza sobre la contención, ningún reglamento nuevo revertirá ese aprendizaje sin una intervención psicológica directa sobre esa cultura de modelado.
El agente como expresión psicosocial y el desgaste que nadie atiende. Hay una idea, en el diagnóstico del propio psiquiatra consultado, que merece detenerse: los policías, especialmente los rasos, cabos y sargentos que están en la primera línea de contacto con el ciudadano, son una expresión psicosocial de la República Dominicana. Muchos ingresan viniendo de la exclusión social, de una educación deficiente, buscando en la institución una vía de movilidad que el resto de la sociedad no les ofreció debido a la degradación y marginalidad de la que han sido objeto socialmente.
Esto no exculpa ninguna conducta violenta ni pretende justificar el abuso de la fuerza. Pero el psicólogo clínico Kevin M. Gilmartin, tras veinte años como policía y décadas asesorando a cuerpos de seguridad, describió con precisión el mecanismo que explica buena parte de lo que después se lamenta en un comunicado de prensa: la llamada «montaña rusa de hipervigilancia», el ciclo por el cual un agente activa constantemente su sistema de alerta durante el turno sin lograr desactivarlo en su vida personal.
Es fácil entender que, con el paso del tiempo, ese desgaste no atendido transforma a oficiales idealistas en individuos cínicos, agotados y con reacciones desproporcionadas. Si el Estado entrega un arma de fuego a un joven de veinte o veintidós años sin trabajar antes su manejo de la ira, su regulación emocional y su capacidad de resolver conflictos sin violencia, no está omitiendo un detalle de formación: está fabricando, de manera predecible, el mismo incidente que después no sabrá explicar.
Por qué anticipar el fracaso no es pesimismo, es lectura técnica.No se trata de profetizar el fracaso de la reforma por escepticismo, sino de leer con la evidencia disponible qué produce cambios de comportamiento sostenibles y qué no. Ya desde Cesare Beccaria se sabe que la certeza de una respuesta incide más en la conducta que la veracidad o severidad de la sanción; la criminología contemporánea ha confirmado esa intuición una y otra vez. Endurecer estructuras, el régimen disciplinario o los procedimientos de ascenso puede castigar el abuso de la fuerza después de ocurrido; no puede, por sí solo, evitar que ocurra.
A esto se suma un hallazgo empírico decisivo del sociólogo Tom R. Tyler sobre legitimidad policial: las personas cooperan con la autoridad y cumplen la ley principalmente porque perciben que fueron tratadas con justicia, respeto y neutralidad, no primordialmente por miedo al castigo. Es decir, la legitimidad de la policía no se construye reforzando el aparato sancionador hacia adentro, sino mejorando la calidad emocional y psicológica de cada interacción con el ciudadano. Una reforma que ignora esto no está construyendo legitimidad: está reordenando el mismo problema con otro organigrama.
Y aquí aparece el marco que conecta todo lo anterior con el propio derecho: la Justicia Terapéutica, desarrollada por David B. Wexler y Bruce J. Winick, sostiene que toda norma jurídica y todo procedimiento legal puede funcionar como agente terapéutico o anti terapéutico según cómo se aplique. Wexler lo resumió con la metáfora de «la botella y el líquido»: la ley es la botella, pero el líquido, el modo en que los operadores la ejecutan, es lo que determina si sana o daña. El Congreso Nacional puede estar diseñando la botella correcta en esta reforma, una nueva ley orgánica, mejores procesos de ascenso, y seguir sirviendo el mismo líquido anti terapéutico si no incorpora la dimensión psicológica como eje, no como anexo.
La psicología como aliada, no como anexo. La conclusión de este artículo es, en el fondo, una propuesta: que la intervención psicológica y psiquiátrica deje de entenderse como un componente de salud ocupacional —algo que se atiende cuando el agente ya está desgastado— y pase a ocupar un lugar central en el diseño mismo de la transformación. Eso implica evaluación psicológica periódica y no solo al ingreso; programas sostenidos de manejo de ira, regulación emocional y resolución de conflictos antes de la entrega del arma reglamentaria; y el reconocimiento explícito, respaldado ya por Zimbardo, Bandura, Gilmartin, Tyler, y Wexler y Winick, de que el comportamiento del agente no se transforma por decreto, sino por acompañamiento psicológico sostenido en el tiempo.
Mientras los legisladores continúen distanciando la intervención psicológica de su núcleo estructural, seguiremos legislando la forma sin tocar el fondo. Y el fondo, en este caso, tiene nombre y apellido: es la persona detrás del uniforme, con su historia, sus carencias y su necesidad, tan urgente como la de cualquier ciudadano, de ser acompañada antes de ser señalada.
(*) El autor es Abogado • Notario
•Psicólogo • Politólogo • Comunicador.
Conductor de Paradigma Legal|
Presidente Cooperativa de Notarios
Asesor Migratoria:|MIGRANIKA|
|Director: Nicanor Firma de Abogados, S.R.L.
«Comprender para decidir. Orientar para transformar».
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












