Opiniones
Juan Bosch, Indro Montanelli y la paradoja del talento individual frente a la debilidad de las instituciones

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-
«Gli italiani, l’Italia no.» («Los italianos sí; Italia, no.»).
Hay frases que sobreviven a sus autores porque contienen una verdad incómoda.
Una de ellas pertenece al gran periodista e historiador italiano Indro Montanelli (1909-2001), probablemente el periodista más influyente de Italia durante la segunda mitad del siglo XX, fundador deIl Giornale, brillante corresponsal de guerra, historiador de extraordinaria capacidad narrativa y uno de los intelectuales más independientes de su generación.
Siempre admiré en Montanelli un estilo directo, sobrio y aparentemente sencillo, muy parecido al de Juan Bosch.
No deja de ser una curiosa coincidencia que ambos nacieran en 1909 y fallecieran en 2001.
En la estantería de la biblioteca personal de Juan Bosch estaban las obras de Montanelli, y he pensado que ellos dos se parecían en algunos rasgos intelectuales.
Los dos escribían con una claridad poco común. Bosch concebía la escritura como un instrumento para enseñar; Montanelli sostenía que un periodista debía escribir de manera que cualquier persona pudiera comprender asuntos complejos.
Ambos desconfiaban del lenguaje rebuscado y preferían la frase precisa, la narración clara y el rigor sin artificios.
Quizá por ello sus libros llegaron a un público mucho más amplio que el de los especialistas. En ambos casos, la sencillez era el resultado de un profundo dominio del tema, no de superficialidad.
En Santo Domingo alcanzaron gran difusión las ediciones en español de laHistoria de Italiay laHistoria de Greciade Montanelli.

Muchos dominicanos de mi generación descubrimos la historia europea a través de aquellas páginas escritas con extraordinaria claridad.
En una memorable entrevista concedida al escritor Alain Elkann, reproducida hoy en un video ampliamente difundido en Facebook, Montanelli formuló un juicio sobre el futuro de Italia que todavía provoca reflexión:
«Per l’Italia nessuno. Perché un Paese che ignora il proprio ieri, di cui non sa assolutamente nulla e non si cura di sapere nulla, non può avere un domani.»
Sobre el futuro de Italia:
«Para Italia, ningún futuro. Porque un país que ignora su propio ayer, del que no sabe absolutamente nada y ni siquiera se preocupa por saberlo, no puede tener un mañana.»
Pero inmediatamente introdujo una distinción que constituye el verdadero núcleo de su pensamiento.
Añadió:
«Se tu mi dici cosa sarà il domani per gli italiani, forse sarà un domani brillante, brillantissimo, ma per gli italiani, non per l’Italia.»
Y concluyó con una frase que se ha convertido en una de las más profundas reflexiones sobre la sociedad italiana contemporánea:
«Gli italiani, l’Italia no.»
En otras palabras:
«Los italianos sí; Italia, no.»
Es la paradoja italiana
A primera vista, la afirmación parece contradictoria.
¿Cómo puede un país carecer de futuro si sus ciudadanos poseen un futuro brillante?
La respuesta de Montanelli era profundamente histórica.
No estaba criticando al pueblo italiano. Todo lo contrario.
Decía:
«L’individualità italiana si può benissimo affermare in tutti i campi, anche scientifici…»
Y añadía que los italianos sobresalían en innumerables profesiones y oficios:
«Hanno dei mestieri in cui sono insuperabili: i migliori sarti, i migliori calzolai, i migliori direttori d’albergo, i migliori cuochi…»
No era una exageración patriótica.
Basta recorrer el mundo para comprobar la extraordinaria presencia italiana en el diseño industrial, la ingeniería, la arquitectura, la gastronomía, la medicina, la investigación científica, la moda, la restauración artística, la hotelería o la fabricación de maquinaria de alta precisión.
Montanelli admiraba profundamente esa capacidad individual.
Su pesimismo se dirigía hacia otra realidad.
Hacia las instituciones.
El talento individual no siempre construye un proyecto nacional.
Esta es una de las grandes enseñanzas de la ciencia política contemporánea.
El desarrollo de una nación depende de dos factores distintos.
El primero es el capital humano.
El segundo son las instituciones.
Italia posee uno de los capitales humanos y culturales más ricos del planeta.
Sin embargo, desde la unificación nacional en 1861 ha convivido con problemas estructurales persistentes: fragmentación política, burocracia, clientelismo, lentitud administrativa, enormes diferencias regionales entre el norte y el sur y una inestabilidad gubernamental casi permanente.
Montanelli no negaba la existencia de grandes italianos.
Precisamente porque los conocía, lamentaba que ese inmenso talento colectivo no siempre lograra traducirse en un proyecto nacional igualmente sólido.
Durante mis años como Embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede comprobé una y otra vez la intuición de Montanelli.
Encontré investigadores brillantes, empresarios innovadores, artesanos excepcionales, diplomáticos de gran nivel, profesores admirables y funcionarios de extraordinaria competencia.
Pero también observé las dificultades que con frecuencia encuentran las instituciones italianas para traducir ese enorme talento individual en decisiones colectivas ágiles y duraderas.
Una reflexión que trasciende a Italia.
Lo extraordinario de esta entrevista es que no habla únicamente de Italia.
Pudiera quizás aplicarse ese criterio a todas las naciones.
Existen muchos países en todo el mundo con ciudadanos extraordinariamente talentosos, pero con instituciones débiles.
Y existen otros donde las instituciones logran multiplicar el talento de personas quizá menos brillantes individualmente.
La prosperidad moderna depende precisamente de ese encuentro entre ambas dimensiones.
Cuando las instituciones funcionan, potencian el talento.
Cuando fracasan, lo expulsan.
Entonces aparecen la emigración, la fuga de cerebros y la búsqueda de oportunidades en otros lugares.
No porque las personas hayan fracasado.
Sino porque el Estado no logró aprovecharlas.
Una reflexión para la República Dominicana.
Como dominicano, resulta imposible escuchar a Montanelli sin pensar en nuestro propio país.
También nosotros contamos con profesionales admirables, empresarios innovadores, médicos, ingenieros, artistas, deportistas, académicos y trabajadores que triunfan dentro y fuera de nuestras fronteras.
Los dominicanos han demostrado, en múltiples países, una enorme capacidad de adaptación, emprendimiento y trabajo.
La pregunta es otra.
¿Logran nuestras instituciones convertir ese talento en un proyecto nacional de largo plazo?
La respuesta todavía constituye uno de los grandes desafíos de nuestra vida pública.
No basta con formar buenos profesionales.
Es indispensable construir instituciones capaces de aprovechar plenamente ese capital humano.
En ese punto vuelve a aparecer la semejanza entre Bosch y Montanelli.
Los dos comprendieron que la inteligencia individual, por brillante que sea, no basta para transformar una sociedad.
Bosch dedicó buena parte de su obra política e intelectual a explicar la importancia de construir un Estado democrático sustentado en instituciones sólidas y en una ciudadanía educada.
Montanelli, desde otra perspectiva y otra tradición, llegó a una conclusión semejante: el talento de un pueblo necesita instituciones capaces de organizarlo, protegerlo y convertirlo en un proyecto nacional.
Ambos entendieron que la verdadera grandeza de una nación no reside únicamente en sus hombres excepcionales, sino en la calidad de las instituciones que permiten que ese talento fructifique.
El verdadero patriotismo.
Paradójicamente, Montanelli era un patriota.
Su crítica nacía precisamente de su amor por Italia.
Porque el verdadero patriotismo no consiste en repetir que todo marcha bien.
Consiste en señalar aquello que impide a una nación desarrollar todas sus posibilidades.
Por eso su reflexión continúa vigente.
No enfrentaba a los italianos con Italia.
Nos recordaba que una nación vale tanto como la capacidad de sus instituciones para transformar el talento de sus ciudadanos en bienestar colectivo.
Más de dos décadas después de su muerte, aquella frase sigue resonando con fuerza:
«Gli italiani, l’Italia no.»
Quizá el verdadero futuro de una nación no dependa únicamente del talento de sus ciudadanos ni exclusivamente de la fortaleza de sus instituciones.
Depende de la capacidad de ambas realidades para encontrarse.
Cuando el talento individual y las instituciones marchan en direcciones opuestas, el país se estanca.
Cuando avanzan juntos, la historia cambia.
Esa fue la gran lección de Indro Montanelli.
Y sigue siendo una lección válida para Italia, para la República Dominicana y para cualquier nación que aspire a construir un futuro mejor.
(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).












