Opiniones
EL AUTORITARISMO, MIEDO Y CREENCIA: LA PATOLOGÍA DEL SUBDESARROLLO POLÍTICO

La anatomía del «dictador interno»
POR DR. NICANOR RODRIGUEZ TEJADA (*)
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Analizar cómo dos siglos de autoritarismo continuado —desde los caudillos rurales del siglo XIX hasta el balaguerismo post-trujillista— moldearon el aparato psíquico del dominicano exige una mirada introspectiva y descarnada. Al no existir históricamente una obediencia edificada sobre el «deber» cívico teorizado por Jean-Jacques Rousseau, sino un sometimiento dictado por el miedo a la exclusión, el ciudadano terminó por internalizar las dinámicas de su propio opresor. Como consecuencia, el flagelo del continuismo perpetuo en la macro-política se reproduce hoy de forma microscópica en cada organismo social, sin importar su jerarquía. Cuando la sociedad valida la hegemonía vertical en las altas esferas a cambio de una precaria cohesión económica, condena a sus instituciones menores a convertirse en escenarios de dominación sujetos a un miedo de baja intensidad.
Bajo este esquema, la capacidad de disidencia y el pensamiento propio deben ser aislados si el individuo pretende subsistir dentro del órgano. Organizaciones que formalmente operan bajo el rótulo de «democráticas» mutan en pequeñas dictaduras donde la estructura institucional desaparece en la práctica, quedando relegada a la letra muerta del papel. En el ejercicio cotidiano del mando, la norma es subestimada y sustituida por un mecanismo de control selectivo, amparado en una supuesta legalidad que se nutre del temor y, con frecuencia, de la creencia dogmática como perfeccionamiento del dominio absoluto. El objetivo fundacional de la organización se diluye; su rol de desarrollo colectivo se extingue, devorado por el miedo disuasivo institucional, el clientelismo psicológico y el secuestro sutil del reconocimiento.
Parafraseando a Émile Durkheim y su concepto de anomia, la ausencia o el doblamiento sistemático de la ley macro en beneficio del caudillo se traduce directamente en un bajo control emocional colectivo. Al percibir que las reglas del juego arriba son elásticas para el poderoso, el ciudadano común asume la ley de la selva en el tránsito, el vecindario y la cotidianidad. En esa misma coordenada teórica, Frantz Fanon y Étienne de La Boétie nos permiten desmenuzar la violencia horizontal y esa servidumbre voluntaria que sostiene a los pequeños tiranos gremiales e institucionales.
Estos personajillos patrocinan una fachada de idoneidad y transparencia que no profesan ni sienten, sostenidos por una red de aduladores que se convierte en el calvario de una legitimidad empobrecida. Para perpetuarse, el mini-caudillo apela por lo general a quienes menos aportan a la evolución social, pues al estar al margen de la verdadera institucionalidad, su único objetivo es conservar las migajas del presupuesto, desalineando cualquier posibilidad de cambio real.
Este fenómeno de continuismo y debilidad emocional en la República Dominicana puede leerse como la tensión trágica entre el orden ideal que deseamos —la tradición de Tomás Moro y San Agustín— y la realidad pulsional y rota que ejecutamos bajo el signo de Sigmund Freud.
El problema no es nuevo, pero nuestra herencia es profunda. En su célebre obra Utopía (1516), Moro describe una isla ideal donde los cargos políticos son estrictamente temporales y rotativos, entendiendo que la acumulación de poder pervierte irremediablemente la razón. Por el contrario, el constitucionalismo dominicano ha vivido persiguiendo una «utopía jurídica»: redactamos cartas magnas bellísimas, inspiradas en los modelos más avanzados del mundo —como el estadounidense—, pero que operan en nuestra realidad como la isla de Moro: un «no-lugar», una fantasía literaria. Mientras el modelo de Moro limitaba el poder para proteger a la comunidad, la «utopía al revés» del caudillismo dominicano modifica la ley fundamental para perpetuar al individuo, utilizando el derecho no como un instrumento de emancipación, sino como un blindaje para la dominación.
En ese mismo orden moral, San Agustín planteaba en La Ciudad de Dios una división brutal en la condición humana: la Ciudad de Dios, guiada por el amor, el deber y la justicia, frente a la Ciudad Terrenal, gobernada por el egoísmo, el orgullo y la Libido Dominandi o lujuria de dominación. Este último concepto resulta idóneo para explicar la obsesión reeleccionista desde el átomo social más ínfimo hasta la más alta jerarquía política y económica. No estamos ante un simple juego político; es una pasión desordenada del alma, un deseo neurótico de controlar al prójimo para calmar las profundas inseguridades que nos habitan. Cuando el ser humano pierde el norte del deber moral, el poder se convierte en un fin en sí mismo. En el entorno dominicano, esta Libido Dominandi se disfraza con la máscara del mesianismo: «Nadie lo va a hacer mejor que yo, por eso me tengo que quedar». Es la autojustificación moral de la trampa.
Frente a este ideal truncado, Freud explica en El malestar en la cultura (1930) que la civilización nos exige reprimir nuestras pulsiones agresivas a cambio de seguridad y orden. Sin embargo, esa agresividad no desaparece: se acumula en el subconsciente. Si el pacto social es intrínsecamente injusto o violento, el individuo no logra internalizar la norma a través de un Superyó saludable, instalándose en un estado de frustración permanente.
Este diagnóstico desvela la raíz de la violencia en la República Dominicana, un país condicionado históricamente por el trauma de la tiranía y el miedo como herramientas de control. Nuestro Superyó colectivo no se formó desde la convicción cívica, sino desde la evitación del castigo, un presagio sombrío cimentado en la ignorancia generalizada que facilitó los planes de dominio. Cuando hoy nos quejamos de la intolerancia emocional en nuestro entorno, cabe preguntarse: ¿Quién es el verdadero culpable de esta incapacidad adaptativa para dirimir pacíficamente los conflictos? Al no garantizar el Estado y sus instituciones un orden justo, previsible y coherente, el mecanismo de represión freudiano falla. La agresividad acumulada por el estrés crónico de sobrevivir en un sistema abusivo estalla ante el más mínimo estímulo cotidiano: un roce en el tránsito o un desacuerdo vecinal. Es el Ello —el cerebro primitivo e impulsivo— desbordando a un Yo que carece de un marco normativo sólido en el cual apoyarse.
¿Qué podemos esperar socialmente de esta estructura? ¿Estabilidad y reconciliación? Al contrario, somos los herederos de un pasivo histórico y una mora social incontrolable, cuya reproducción se ve consolidada por la baja escolaridad que arrastran los países de nuestra periferia subdesarrollada. Parecemos condenados a ser los últimos en la partida de ajedrez global. Mientras el pensamiento occidental oscila entre la utopía institucional de Moro y la contención moral de San Agustín, la praxis psicopolítica dominicana permanece atrapada en el diván de Freud: una sociedad donde la represión del trauma estalla en una cotidiana y descontrolada descarga pulsional.
Para completar la consistencia de estas premisas, es vital cruzar el análisis con la tesis de Yuval Noah Harari en Sapiens. Harari argumenta que la Revolución Científica despegó cuando el ser humano admitió el Ignoramus —el «no lo sabemos»—. Al reconocer la propia ignorancia, la mente se abrió a la investigación, al método y a la duda evolutiva. Antes de eso, los dogmas asumían que la verdad absoluta ya estaba escrita por el líder o el texto sagrado.
El caudillo dominicano y la cultura política que lo secunda operan exactamente al revés de la revolución epistemológica de Harari. El líder continuista padece el dogma de la «omnisapiencia»: se cree insustituible y asume que el destino de la colectividad depende de su presencia. Modificar la Constitución cerca de cuarenta veces es el síntoma inequívoco de un liderazgo que se niega a aceptar su propia finitud e ignorancia; no hay espacio para la innovación ni para el relevo porque el poder se ejerce desde el dogma absolutista del siglo XIX y no desde la evolución del pensamiento moderno.
Esta ceguera institucional y el consecuente bajo control emocional explican la violencia callejera de la que somos testigos. La intolerancia nace de la incapacidad cognitiva de gestionar la disidencia. En nuestra psicología social, admitir que «no se sabe algo» o que «el otro puede tener la razón» se interpreta culturalmente como un signo de debilidad o sumisión. Condicionado por el cerebro primitivo y el trauma histórico, el individuo prefiere imponer su postura mediante el grito o la fuerza antes que aceptar la duda. La intolerancia dominicana es, en el fondo, el miedo neurótico a reconocer la propia ignorancia.
Al confluir este abanico de pensadores en una encrucijada de siglos, logramos diseñar nuestro mapa de problemas con una nitidez pavorosa: la estructura político-ideal rota por la fuerza (Moro, Locke, Rousseau); la corrupción moral interna del liderazgo a través de la Libido Dominandi (San Agustín); la explosión del trauma reprimido en hiperreactividad cotidiana (Freud, Fanon); y la resistencia cultural a aceptar la ignorancia, perpetuando el mesianismo dogmático (Harari, Milgram).
Ante un panorama de tal complejidad, ¿podemos seguir hablando de salud mental viendo el problema como una cuestión simple, o debemos estructurar un discurso mucho más profundo? Mientras este debate se posterga, el país carece de una red de atención primaria en salud mental que ayude a transformar el escenario social. Paralelamente, la escuela dominicana mantiene la psicología aliada a departamentos de orientación que, en la mayoría de los casos, quedan reducidos a un formato contractual inoperante introducido en los años sesenta del siglo XX. El problema de la violencia en la República Dominicana se origina como un quiebre del contrato social, transita por la neurosis del alma humana y se desnuda en el trauma de la conducta callejera; un sistema complejo blindado, en última instancia, por una terca resistencia cognitiva a repensar y transformar lo que somos como sociedad.
(*) El autor es Abogado • Notario
•Psicólogo • Politólogo • Comunicador.
Conductor de Paradigma Legal |
MIGRANIKA Asesoría Migratoria
| Director: Nicanor Firma de Abogados, S.R.L.
«Comprender para decidir. Orientar para transformar.»












