Opiniones
DEPRESIÓN: CUANDO LA FALTA DE PROPÓSITO DEBILITA LA MENTE

DR. NICANOR RODRÍGUEZ TEJADA.-
En la vorágine de la modernidad, solemos abordar la salud mental desde una perspectiva marcadamente sintomática. Frente a la depresión, la mirada clínica tradicional tiende a concentrarse en la restauración del equilibrio neuroquímico o en la modificación de conductas disfuncionales, como parte de un proceso en el que intervienen factores de diversa índole mental.
Es a partir de este hecho que, conforme a los tratados mediante los cuales los psicólogos concluimos sobre el diagnóstico o la condición de un paciente —en específico sobre el episodio depresivo mayor—, el manual DSM-5 apoya la necesidad de que, por lo menos durante dos semanas, el individuo presente un estado de ánimo deprimido o una pérdida marcada del interés o placer en aquellas actividades que antes le resultaban atractivas. Es válido diferenciar que, en niños y adolescentes, esta condición suele manifestarse como un ánimo irritable, donde la tristeza no se presenta necesariamente como el síntoma de mayor trascendencia.
Cabe destacar que el adulto debe presentar, además, por lo menos cuatro síntomas dentro de un conjunto de criterios clínicos que incluyen: cambios en el apetito, el peso o el sueño; falta de energía; sentimientos de infravaloración o culpa excesiva; dificultad para pensar o concentrarse y, sobre todo —haciendo una rigurosa valoración cognitiva—, pensamientos recurrentes de muerte e ideación, planes o intentos suicidas.
Estos síntomas son factores preponderantes del cuadro depresivo. Sin embargo, existe una dimensión más profunda, de carácter existencial y estructural, que la ciencia contemporánea está rescatando con fuerza inapelable: el impacto del propósito de vida en la indemnidad del ser humano. La ausencia de un «para qué» no es un mero desgano filosófico; es la antesala de una de las formas más incapacitantes de la condición humana. En la profundidad, este vacío desgasta aún más, porque si algo debemos entender es que el ser humano existe para dotarse de valor a sí mismo, lo que estructura su autoestima como un factor de competencia social y desarrollo personal.
Esta realidad cobra un rostro alarmante en nuestro contexto local. Según datos de las Estadísticas Sociodemográficas de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), recogidos en un reportaje del periódico Listín Diario por la periodista Lizbeth Chalas, al tratar el tema con especialistas evidencian la vulnerabilidad de nuestra población sobre el tema que se trata.
La doctora Anya Alcántara, encargada de la Unidad de Intervención en Crisis del Hospital Moscoso Puello, y la doctora Priscila Santana, geriatra del mismo centro, coinciden en que los detonantes del trastorno depresivo en personas mayores de 60 años están estrechamente vinculados a factores sociales y afectivos: los problemas familiares, la soledad, el abandono, el sentimiento de improductividad, los maltratos, la falta de atención, la mudanza forzada de su hábitat conocido o el sentirse una carga para los suyos.
Las expertas afianzan su argumento al establecer que, al realizar la historia clínica, evidencian un antes y un después drástico. Al indagar en los detonantes, el familiar suele comentar que el cuadro comenzó tras la pérdida del cónyuge, la muerte violenta de un hijo, o el despojo patrimonial por parte de sus propios descendientes; hechos que validan la teoría del desamparo y la indefensión.
En igual sentido entienden que los intentos de autoeliminación en este segmento poblacional son alarmantes. Este indicador, que se incrementó de forma drástica durante la pandemia del COVID-19, se ha sostenido en el tiempo, a pesar de la dificultad para consolidar un registro estadístico real debido al estigma social que aún rodea a la salud mental, lo que provoca que muchos fallecimientos se atribuyan falsamente a otras causas biológicas ajenas al trastorno depresivo base.
El estudio formal de este fenómeno no es nuevo, pero su validación empírica actual es contundente. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Viktor Frankl, tras sobrevivir a los campos de concentración nazis, postuló la existencia de la neurosis noógena (ligada a la dimensión existencial del ser humano), la cual se describe como un sufrimiento psíquico derivado directamente del vacío existencial y de la frustración del sentido. Frankl advertía que el ser humano no se mueve únicamente por el principio del placer o del poder, sino por la «voluntad de sentido». Cuando este vector se quiebra, la psiquis queda desamparada y se manifiesta en una tríada clínica recurrente: agresión, adicción y depresión.
Lejos de quedar como una intuición humanista, la neurociencia y la psicología cognitiva del siglo XXI han otorgado a esta tesis un riguroso respaldo biológico. Hoy sabemos, gracias a los modelos de bienestar en profundidad (eudaimónico) desarrollados por investigadoras como la Dra. Carol Ryff, que el propósito opera como un regulador directo de la fisiología del estrés.
Estudios en psiconeuroinmunología —entendida como el sistema bidireccional donde los procesos psicológicos y neurológicos se vinculan a los sistemas endocrino e inmunitario— demuestran que los individuos con un proyecto de vida claro muestran menores niveles de cortisol y una reducción en la expresión de genes proinflamatorios. Estos últimos están íntimamente ligados a la neuroinflamación observada en los cuadros depresivos crónicos. Con estos datos, se ha podido establecer que, ante la ausencia de objetivos, el cerebro interpreta el entorno pasivo como una amenaza perenne y sin salida, gatillando el estado de indefensión aprendida. Este hecho actúa como un detonante en el deterioro progresivo de una mente en estado de inactividad producto de la ausencia de metas.
A esta perspectiva se suma la Teoría de la Autodeterminación, defendida por los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan. De acuerdo con este enfoque, el ser humano posee tres necesidades psicológicas fundamentales e innatas: la autonomía, la competencia y la vinculación social. El propósito de vida es el vehículo a través del cual estas necesidades se articulan y se expresan en el mundo real.
Debemos entender que desde el momento en que una persona pierde la capacidad de autodirigirse (autonomía), deja de sentirse eficaz en su entorno (competencia) y se aísla de sus semejantes (vinculación), el propósito se disuelve. La consecuencia directa de esta quiebra estructural es la parálisis conductual y la abulia, síntomas cardinales de la incapacidad depresiva.
Observando el proceso bajo esta condición, podemos asimilar que la comprensión de la depresión exige superar la vieja dicotomía entre lo puramente biológico y lo meramente abstracto, obligándonos a adoptar un enfoque dimensional que ayude a estructurar el estado activo de nuestro esquema existencial y defina claramente un interés motivacional.
En una perspectiva dimensional, la salud mental y la depresión no se configuran como estados fijos o absolutos de «sano» o «enfermo», sino como un continuo dinámico donde interactúan la biología, la cognición y la existencia. Bajo esta mirada, el propósito de vida no es un adorno de la personalidad, sino el eje que determina la posición del individuo en ese espectro.
Comprendiendo lo anterior, observamos que, a mayor solidez en el sentido de la vida, desarrollamos mayor resiliencia y capacidad regulatoria; por el contrario, a mayor dispersión existencial, tendremos mayor vulnerabilidad y propensión al colapso, lo que dificulta nuestra estabilidad. Cuando el propósito flaquea, abrimos la puerta a dinámicas externas que deterioran la existencia: la depresión se convierte entonces en un camino clarividente para desvirtuar nuestro proyecto vital y despojarnos de nuestras virtudes.
En definitiva, la ciencia actual no ve el propósito de vida como un lujo filosófico o un concepto poético, sino como una necesidad psicológica estructural. La ausencia de este principio rector debilita de forma progresiva las defensas psíquicas en todas sus dimensiones, dejando al individuo expuesto a depresión y otros trastornos psicológicos que afectan o disminuyen esa calidad de vida hoy ampliada en gran magnitud, en cambio esa dolorosa desconexión a que estamos expuestos los humanos, detiene el futuro y crea una parálisis funcional ante un mundo del cual se han perdido los horizontes que movilizan su progreso y bienestar.












