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Opiniones

Venezuela: ¿Bajo la furia de la naturaleza y el trauma por la supervivencia?

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Nicanor Rodriguezz

DR. NICANOR RODRÍGUEZ TEJADA

A veces, el cansancio más profundo no viene de lo que hacemos en el día, ni tampoco de lo que sostenemos en el silencio. En los últimos tiempos, caminar por nuestras calles o mirar el hogar que fue nuestro espacio seguro y notar que ya no nos pertenece, porque lo hemos perdido, es algo como experimentar correr un maratón que nunca termina. Aparece una extraña neblina mental, un peso invisible en el pecho y una persistente sensación de que el futuro se ha vuelto un mapa borroso. Esta es la dolorosa conclusión que se percibe cuando ocurre una catástrofe humanitaria y social como la que vive Venezuela hoy.

Durante mucho tiempo, la ciencia médica pensó que el trauma psicológico era solo la consecuencia de un gran estallido visible: el impacto de un terremoto, el horror inmediato de un bombardeo o un desastre natural aislado. El manual clínico DSM-IV clasifica el trauma bajo el estricto requerimiento de una respuesta de «miedo, desesperanza u horror intensos» ante una amenaza directa a la integridad física. Si bien esto fundamenta perfectamente el impacto de la violencia estatal o las catástrofes de la naturaleza, los manuales antiguos exigían que la persona hubiera sentido un miedo pavoroso en un segundo exacto de su vida para reconocer su herida.

Hoy, a la luz de los acontecimientos que nos toca presenciar y comprender, sabemos que no es así. Hay un daño más silencioso, pero igual de pernicioso: el que causa la exposición diaria, repetida y crónica a la incertidumbre, a la escasez de certezas y al asedio de nuestra tranquilidad. Es la gota que labra la piedra; es la crisis que se estira en el tiempo, que no tiene una fecha de vencimiento clara en el almanaque y que va desgastando el alma sin hacer ruido, dejando huellas que en ocasiones solo el sujeto afectado puede explicar. Sin embargo, precisamente allí es donde la resiliencia y la solidaridad emergen con fuerza alrededor de los venezolanos.

Cuando las sociedades atraviesan crisis profundas, conflictos prolongados o desastres que conmueven los cimientos de la normalidad, lo primero que se fractura no son las paredes de las instituciones, sino el hilo invisible de nuestra seguridad básica. Cambia el entorno y, casi sin darnos cuenta, el entorno empieza a cambiar quiénes somos por dentro. Esta circunstancia nos obliga a plantearnos una pregunta incómoda pero vital ante la magnitud de la dificultad: ¿somos la persona que realmente elegimos ser o simplemente la identidad de emergencia que el entorno nos obligó a construir para sobrevivir a la catástrofe?

El trauma no es una simple idea abstracta, es una huella física. Como plantea el investigador Bessel van der Kolk, el trauma altera profundamente el sistema nervioso autónomo. Las víctimas de conflictos o de crisis a gran escala experimentan una dolorosa desconexión de sus propios cuerpos o, por el contrario, un bombardeo constante de síntomas físicos como palpitaciones, insomnio y fatiga crónica. La fijación de la herida impide vivir en el presente; el cuerpo sigue atrapado en el momento exacto del peligro. A nivel general, esto se traduce en un agotamiento somatizado y en un tejido comunitario fragmentado donde la confianza y la esperanza básica parecen haberse disuelto. El cuerpo, ese sabio compañero, funciona como un diario donde se escribe la historia que la mente a veces prefiere callar. El insomnio crónico o la tensión muscular son el organismo guardando la memoria de la tormenta. Vivimos cronológicamente en el presente, pero nuestra biología se queda atrapada respondiendo al pasado. El cuerpo sigue llevando la cuenta de cada incertidumbre; aun así, la historia nos dice que Venezuela se levantará, al igual que lo ha hecho en otros momentos históricos.

¿Y por qué nos hemos vuelto entonces tan reactivos? ¿Por qué la impaciencia gobierna las esquinas, el tráfico y las conversaciones, y la desconfianza parece el único escudo disponible en un momento de catástrofe? La respuesta está en nuestro diseño biológico de supervivencia. Ante la amenaza continua, el cerebro activa un interruptor de emergencia que desconecta temporalmente la lógica, el análisis frío y la empatía, obligándonos a actuar en un modo de defensa perenne. Bajo ese «secuestro de la calma», la prioridad del organismo es subsistir hoy, no planificar mañana. Es por eso que el prójimo deja de ser un par y empieza a ser percibido como un riesgo o un competidor. La polarización y la intolerancia que observamos no son fallas morales de la gente; son la respuesta normal de un organismo intentando sobrevivir en un entorno completamente anormal e intolerable.

Cuando las personas sienten que ninguna de sus acciones individuales puede cambiar o aliviar el peso del entorno, corren el riesgo de caer en una trampa psicológica silenciosa: el desamparo aprendido. Como lo planteó el psicólogo Martin Seligman: “Cuando las acciones individuales no alteran un entorno hostil, las sociedades caen en la pasividad o la desesperanza”. Es la dolorosa conclusión de que es mejor volverse apático porque «nada va a cambiar». Pero esa apatía no es indiferencia; es un mecanismo de defensa, un escudo de dolor anestesiado para que los golpes del día a día duelan un poco menos. Ante realidades así, como dominicano, me satisface profundamente que nuestro gobierno obviara cualquier diferencia política y dijera presente de manera inmediata; eso es pura empatía y solidaridad internacional.

Reconocer todo esto no significa resignarse ni cruzarse de brazos; al contrario, es el primer paso indispensable para recuperar nuestra verdadera humanidad. Si el entorno nos ha empujado a la defensiva y ha fragmentado nuestra convivencia, la sanación colectiva no llegará por decretos institucionales ni discursos técnicos. Hoy, Venezuela y sus comunidades afectadas necesitan con urgencia de una intervención psicológica robusta que coadyuve a crear un sistema restaurador para la prevalencia de su salud mental.

El retorno a la cordura social comenzará cuando nos permitamos mirar de frente las heridas comunes, cuando validemos el cansancio del otro en lugar de juzgarlo, y empecemos a reconstruir, desde abajo y en lo cotidiano, pequeños espacios de predictibilidad, verdad, respeto y solidaridad. Sanar el tejido social herido es, en última instancia, un acto de rebeldía pacífica: es recordarnos unos a otros que, a pesar de la magnitud de la tormenta, seguimos teniendo la sagrada y soberana capacidad de decidir quiénes queremos ser mañana. Por encima de todo, Venezuela se levantará, como lo ha hecho en cualquier otra circunstancia, y seguirá decidiendo su propio destino.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).