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Opiniones

Una negociación anunciando la caída de un imperio

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Nicanor Rodrigiuerz

Por: Dr. Nicanor Rodríguez Tejada

El colapso del Imperio Romano de Occidente no fue el resultado de un único cataclismo, sino el desenlace de una prolongada decadencia estructural interna combinada con insostenibles presiones externas. En su obra cumbre Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, el historiador Edward Gibbon sostiene que la inmensidad misma del imperio sembró las causas de su ruina, pues la prosperidad dio paso a la pérdida de las virtudes cívicas, la corrupción, las fracturas económicas y el debilitamiento de las fronteras ante las fuerzas externas. En esencia, Roma cayó porque su gigantesca maquinaria se volvió demasiado costosa y compleja para sostenerse a sí misma, forzando un repliegue que fragmentó su hegemonía. Hoy, el espejo de la historia nos devuelve un reflejo asombrosamente similar.

Para dimensionar esta analogía, resulta imperativo contextualizar lo expuesto por Javier Cabrejo y Félix Condente (2008) en su obra Roma, donde señalan que dicha civilización fue la creadora del primer imperio universal, rigiendo durante más de setecientos años los destinos de Europa y el Mediterráneo. Desde su fundación, la urbe fue afianzando paulatinamente su posición: primero aglutinando las aldeas laciales e imponiéndose a etruscos, samnitas y otros pueblos itálicos, hasta adueñarse de la península y entrar en conflicto con la Magna Grecia. Esto abrió las puertas de la historia, transformando a una prometedora ciudad del Lacio en una amenaza para el resto de los Estados. Roma fue capaz de integrar culturalmente a los territorios conquistados hasta consolidar un profundo sentimiento de ‘romanidad’, convirtiéndose en la pionera de una suerte de globalización primigenia que afectó tanto a sus dominios como a las regiones limítrofes.

Esta es la gran perspectiva histórica que hoy recoge y extiende el sufragio de la humanidad. El 17 de junio de 2026 quedará registrado en los anales de la geopolítica contemporánea como el día en que la diplomacia de la fuerza chocó frontalmente contra el muro de la realidad multipolar; un episodio que guiará el recuerdo de cómo un gigante puede ser desafiado por un pequeño, reeditando la mítica alegoría de David y Goliat.

Este escenario es el que describe con precisión la reciente firma del memorando de entendimiento en Islamabad entre el gobierno de los Estados Unidos y la República Islámica de Irán, destinado a detener una costosa guerra de casi cuatro meses. Lejos de contraponerse como un simple alto al fuego, este pacto se erige como el síntoma definitivo del repliegue estratégico de una superpotencia que ya no puede imponer su voluntad de manera unilateral.

Para entender este fenómeno en su justa dimensión, debemos recurrir a la geopolítica. Esta disciplina estudia cómo el espacio geográfico, los recursos naturales y la posición territorial de los Estados determinan su poder político y sus relaciones internacionales. La geopolítica analiza dinámicas de poder en constante movimiento, donde las naciones compiten o se repliegan para asegurar sus áreas de influencia y rutas comerciales. Entender este conflicto bajo dicho lente implica mirar más allá de los discursos oficiales y enfocarse en los intereses de fondo: quien controla las rutas energéticas o los estrechos marítimos clave, controla los hilos del equilibrio global. Y en esta ocasión, Washington ha tenido que ceder el control.

Para los analistas de grandes cabeceras y de reputación inquebrantable como The New York Times, la administración de Donald Trump ha vendido este pacto como una maniobra audaz para liberar el crítico Estrecho de Ormuz, forzar a Irán a diluir su uranio enriquecido bajo la estricta supervisión de la ONU y frenar las hostilidades regionales, incluyendo el frente en el Líbano. No obstante, el propio diario neoyorquino señala que la enorme presión interna y los insostenibles costos económicos de mantener el bloqueo naval obligaron a Washington a buscar una salida diplomática de urgencia a través de un «marco de tregua» temporal de sesenta días.

Al otro lado del Atlántico, la prensa europea revela una realidad muy distinta y pone el dedo en la llaga. Medios como The Guardian y la cadena BBC subrayan que Estados Unidos ha realizado concesiones masivas e inéditas al emitir exenciones inmediatas para que Irán comercialice libremente su petróleo, rompiendo el asedio económico e inyectando miles de millones de dólares a las arcas de Teherán incluso antes de iniciar las negociaciones técnicas de fondo. A esto se suma la promesa de un plan de reconstrucción de hasta 300 mil millones de dólares, lo que los críticos occidentales catalogan abiertamente como una «rendición de las herramientas de presión» antes de resolver el problema nuclear. ¿Qué imperio en la cúspide de su poder premia a su adversario de esa manera para sentarlo a la mesa? Ninguno. Lo hace un gigante fatigado por los frentes abiertos y la crisis energética global.

La confirmación de este cambio de marea provino desde las entrañas de Teherán. El nuevo Líder Supremo iraní, el Ayatolá Mojtaba Jamenei, en un contundente comunicado oficial difundido por los medios estatales y replicado de inmediato por agencias globales de la talla de AFP y Reuters, no dudó en catalogar la postura del presidente estadounidense como un acto nacido de la pura «desesperación». Con la firmeza de quien se sabe vencedor moral, Jamenei advirtió: «En principio, yo tenía una visión diferente sobre este memorando… Sin embargo, otorgué mi permiso debido al compromiso del Presidente iraní de proteger los derechos de la nación y del Frente de Resistencia… Donald Trump usó todo tipo de palancas para asegurar este trato por pura desesperación. El inicio de negociaciones cara a cara en el futuro cercano no significa, bajo ninguna circunstancia, aceptar el punto de vista del enemigo».

En este reordenamiento, el diario español El País coincide en un aspecto crucial: el pacto ha dejado gravemente fracturado el eje Washington-Tel Aviv, aislando a sus aliados históricos en la región y demostrando que las prioridades domésticas de supervivencia económica de los Estados Unidos están por encima de sus antiguos pactos de sangre.

Esta coyuntura evoca inevitablemente a Winston Churchill en los momentos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, cuando en su célebre discurso de toma de posesión como primer ministro- citando implícitamente al poeta John Donne- afirmó con vehemencia: «No tengo más que ofrecer que no sea sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». En aquel momento, el avance nazi y el empuje de las crisis políticas y económicas circundaba a Inglaterra y al mundo bajo un espejismo de magnitud desgarradora; sin embargo, Churchill logró guiar a su nación hacia la victoria. Hoy, la suerte parece ser radicalmente opuesta para Israel y el futuro de su líder, Benjamín Netanyahu, quien emerge en este proceso como el gran perdedor de la jornada, entendiendo aquella formula perder/ganar que Stephen Cover expone en su libro los 7 hábitos de la persona altamente efectiva. Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿Qué sucederá en Israel de cara a las próximas elecciones previstas para finales de este año?

Este acuerdo abre una herida de magnitud incalculable en la alianza estratégica anglo-estadounidense e israelí. Al no ser parte firmante del memorando, el ala más dura del gobierno de Tel Aviv ha declarado abiertamente que «el acuerdo de Donald Trump no nos vincula», argumentando su condición de nación soberana y escenificando una ruptura pública inédita. ¿Qué habrá más allá de las palabras?

Por un lado, el Frente de Líbano queda suspendido en el aire: aunque el acuerdo de Islamabad estipula el cese de operaciones en todos los frentes, Israel se niega a abandonar la zona de amortiguamiento en el sur del Líbano y mantiene sus bombardeos contra Hezbollah, alegando desprotección. Esto coloca la tregua en un hilo, abriendo la interrogante de si Israel realmente podría sostener una campaña bélica prolongada al margen de los Estados Unidos, algo sumamente dudoso en lo inmediato. Por otro lado, la inteligencia israelí alerta que este desarmamiento diplomático otorga un peligroso oxígeno financiero al régimen iraní mediante el levantamiento del bloqueo y la renuncia a las sanciones petroleras, dejando a Israel en una solitaria misión histórica para evitar un Irán nuclear.

La historia nos enseña que los imperios no caen de la noche a la mañana por una repentina invasión bárbara; se desmoronan desde dentro cuando empiezan a ceder en las mesas de negociación ante aquellos a quienes antes prometían doblegar. El memorando de 2026 es, en esencia, ese espejo. Es el reconocimiento implícito de que el garrote global estadounidense ya no asusta con la misma intensidad, y que el mapa del nuevo siglo se dibuja bajo las condiciones de quienes supieron resistir el embate de la hegemonía. En este nuevo orden forzado, a Israel no le quedará más remedio que confrontar aquella máxima de Jean-Jacques Rousseau en El contrato social: «Si hay que obedecer por fuerza, no se tiene la necesidad de obedecer por deber».

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).