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Opiniones

Cuando el mérito no basta: la tragedia silenciosa de la juventud dominicana

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LUIS ROJAS

El sistema educativo, el mercado laboral y las instituciones fallan al mismo tiempo, empujando a los jóvenes hacia la migración o rutas de alto riesgo.

Por J. Luis Rojas
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La República Dominicana se ha convertido en un país donde la juventud estudia, se esfuerza, se gradúa… y aun así termina chocando contra un muro. Un muro hecho de desigualdad, indiferencia institucional, corrupción, impunidad y un mercado laboral que parece diseñado para excluir a quienes no nacieron con privilegios.

Los datos lo confirman. Más del 58 % de los jóvenes trabaja en la informalidad, según ENHOGAR 2023. Y aunque miles completan estudios universitarios, solo entre el 35 % y el 45 % logra un empleo formal en los primeros tres años tras graduarse. El resto queda atrapado en trabajos precarios, subpagados o en la eterna espera de una oportunidad que nunca llega.

La educación superior, que debería ser el gran motor de movilidad social, está fallando. Solo el 22 % de los jóvenes de hogares pobres logra completar la universidad. Y aun así, el título no garantiza nada. El país produce profesionales, pero no produce oportunidades para ellos.

Cuando el país no ofrece caminos, los jóvenes buscan atajos

Muchos jóvenes de clase baja y media han llegado a una conclusión dolorosa:
en la República Dominicana, la movilidad social no depende del mérito, sino del azar o del riesgo.

Por eso, miles de jóvenes se enfocan en tres rutas —peligrosas, inciertas o extremadamente competitivas— que, para ellos, representan sus únicas posibilidades reales de ascenso social:

  • La política, convertida en un espacio donde algunos buscan lo que el mercado laboral les niega: estabilidad, ingresos y estatus.
  • El narcotráfico, que seduce a jóvenes sin oportunidades con la promesa de dinero rápido en un país donde el trabajo honesto no garantiza ni siquiera cubrir la canasta básica.
  • El béisbol, una industria donde solo el 1 % llega a firmar, pero donde miles apuestan su futuro porque no ven alternativas.

Cuando un país empuja a su juventud a estas rutas, no es la juventud la que está fallando.
Es el país.

Un mercado laboral que castiga al que no tiene padrinos

El sector empresarial dominicano sigue operando bajo una lógica excluyente: exige experiencia previa a quienes nunca han tenido la oportunidad de adquirirla, ofrece pasantías no remuneradas que solo pueden aceptar los privilegiados y mantiene prácticas de contratación que favorecen contactos, apellidos y universidades específicas.

Tal y como dice el diccionario de la lengua española, la meritocracia es un sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales. En cambio, en la sociedad dominicana la meritocracia no es la regla. Es la excepción.

Universidades que gradúan, pero no acompañan

Las universidades dominicanas han convertido la graduación en un acto simbólico, pero no en una puerta de entrada al desarrollo. Forman profesionales, sí, pero no garantizan empleabilidad. Sus programas de emprendimiento tienen baja efectividad, sus vínculos con el sector productivo son débiles y la orientación vocacional es prácticamente inexistente para jóvenes de primera generación universitaria.

Para un joven de clase baja o media, graduarse es un sacrificio familiar enorme. Pero ese sacrificio no siempre se traduce en movilidad social.

Resistencia al relevo generacional: un país donde nadie suelta el poder

En múltiples sectores —política, gremios, universidades, medios de comunicación, cultura, salud— existe una resistencia feroz al relevo generacional. Personas que ya cumplieron su ciclo profesional se aferran a posiciones de poder, bloqueando la entrada de talento joven.

No se trata de edad. Se trata de actitud. Se trata de quienes, pese a sus limitaciones físicas, cognitivas o de actualización profesional, se niegan a ceder espacios.

En pocas palabras, se trata de estructuras que prefieren la comodidad del pasado antes que la innovación del futuro. Esta resistencia no solo frena la movilidad social. Impacta de manera negativa el desarrollo del país.

El punto más oscuro: corrupción e impunidad en las residencias médicas

Aquí está una de las vergüenzas institucionales más graves del país. El sistema que regula el acceso a residencias médicas y especialidades ha sido permeado por la corrupción. Es decir, está contaminado por:

  • Falta total de transparencia en los criterios de selección
  • Denuncias constantes de favoritismo y tráfico de influencias
  • Manipulación de listas y decisiones tomadas en comités cerrados
  • Ausencia de un sistema auditable, meritocrático y supervisado externamente

Pero la pregunta clave que hay que hacerles a los responsables de garantizar transparencia, credibilidad y respeto al proceso de evaluación para las especialidades médicas, es la siguiente:

¿Quién les responde a los jóvenes de clase baja y media que, con sacrificio extremo, obtuvieron excelentes índices académicos y buenas calificaciones en los exámenes de residencia, pero fueron desplazados por otros con menos méritos, pero con más conexiones, más dinero o más “tigueraje”?

Otras preguntas que aún esperan respuestas creíbles y oportunas, especialmente frente a quienes han corrompido el proceso de ingreso a las especialidades médicas, son inevitables y dolorosas: ¿Quién les devuelve a esos jóvenes los años de estudio sacrificados? ¿Quién les devuelve las noches sin dormir, la disciplina, la renuncia a la vida social, la esperanza depositada en un sistema que prometía meritocracia?

También surge una inquietud mayor, que afecta la confianza pública: ¿Podrá la ciudadanía confiar plenamente en especialistas de distintas áreas médicas cuando algunos de ellos fueron capaces de comprar un examen para acceder a una de las limitadas plazas disponibles? La pregunta no es menor, porque la salud es un bien público y la sociedad deposita en los médicos un nivel de confianza que no admite fisuras éticas.

Frente a este escenario, el país merece una explicación clara y contundente. ¿Qué se le dirá a la sociedad dominicana sobre la conducta ilícita de quienes compraron y vendieron exámenes para ingresar a una especialidad médica? ¿Cómo se justificará que, mientras jóvenes de clase baja y media estudiaban con sacrificio y honestidad, otros utilizaron dinero, influencias o conexiones para obtener un resultado fraudulento?

Este episodio no solo hiere a los afectados directos; erosiona la credibilidad de las instituciones, profundiza la desigualdad y envía un mensaje devastador a toda una generación: que el esfuerzo no basta, que el mérito puede ser desplazado por la corrupción, y que la justicia es un privilegio, no un derecho.

La corrupción en la asignación de especialidades no es un detalle técnico. Es un mecanismo que bloquea la movilidad social, reproduce élites cerradas y obliga a muchos jóvenes médicos a emigrar para completar su formación. Un país que tolera esta mala práctica está renunciando a su propio futuro e institucionalidad.

Políticas públicas que no cambian la realidad

El Ministerio de la Juventud, el Ministerio de Trabajo y el MESCyT han lanzado programas valiosos: becas, formación en TIC, primer empleo, formación dual. Pero la verdad es que:

  • La cobertura es mínima
  • La articulación entre instituciones es débil
  • Los presupuestos son insuficientes
  • Los programas no llegan a los barrios donde más se necesitan

En definitiva, la juventud dominicana proveniente de los estratos bajo y medio no necesita más anuncios vacíos ni promesas demagógicas. Lo que realmente requiere es que los sectores gubernamental, empresarial y político asuman su responsabilidad histórica e implementen políticas públicas creíbles, sostenibles y verificables que garanticen movilidad social real y acceso a empleos dignos.

Los jóvenes dominicanos no deberían verse obligados a emigrar para encontrar oportunidades ni mucho menos sentirse empujados hacia actividades ilícitas como única vía para progresar. La sociedad dominicana no puede seguir normalizando que el talento se desperdicie, que el mérito se castigue y que la desigualdad se convierta en destino.

La juventud demanda acciones concretas, no discursos; resultados, no excusas; instituciones que funcionen, no estructuras que reproduzcan privilegios. Solo así se podrá reconstruir la confianza y ofrecer a las nuevas generaciones un país donde valga la pena quedarse, crecer y aportar. Ojalá que quienes dirigen el Ministerio de la Juventud diseñen e implementen más y mejores iniciativas realmente orientadas a las necesidades de los jóvenes de la República Dominicana.

La migración: la decisión que muchos ven como única salida

A juzgar por los hechos, el dato proporcionado por la firma encuestadora Gallup en 2024 —según el cual el 52 % de los jóvenes dominicanos preferiría emigrar si pudiera— continúa sin variación significativa. La mayoría de los jóvenes de las clases baja y media no emigra por falta de patriotismo; el motivo esencial que los impulsa a abandonar su país es, sin duda, la ausencia de oportunidades reales para desarrollarse y construir un futuro digno.

Cuando un país no garantiza movilidad social, cuando la corrupción bloquea el mérito, cuando el mercado laboral no valora el talento y cuando las instituciones no protegen a los jóvenes, la migración se convierte en un acto de supervivencia.

La República Dominicana no puede seguir expulsando a su juventud. No puede seguir perdiendo talento, sacrificio y esperanza. Por eso, es necesario formular un llamado directo y urgente a quienes tienen la capacidad de transformar la realidad que hoy limita la movilidad social de una juventud sana, con deseos e ideas para vivir en una sociedad que no les niegue la oportunidad de alcanzar el desarrollo mental, cognitivo, emocional, físico, social, profesional, financiero y espiritual que todo ser humano requiere:

  • Al Ministerio de la Juventud: dejen de administrar programas simbólicos. Conviértanse en una institución que transforme vidas, que llegue a los barrios, que acompañe a los jóvenes sin padrinos políticos y que exija transparencia en todos los procesos que afectan a la juventud.
  • A las universidades: basta de graduar jóvenes sin acompañarlos. Articulen empleabilidad, alianzas productivas, orientación vocacional y seguimiento real. La formación sin oportunidades es una estafa social.
  • Al sector empresarial: entiendan que un país no avanza excluyendo. Abran puertas, remuneren pasantías, apuesten por el talento joven y rompan con la cultura del “¿a quién tú conoces?”.
  • A los gremios, instituciones y líderes que bloquean el relevo generacional: su tiempo ya pasó. El país necesita nuevas ideas, nuevas energías y capacidades. Ceder espacios no es perder poder; es garantizar futuro.
  • A las entidades públicas y privadas que integran el Consejo Nacional de Residencias Médicas (CNRM): dejen de frustrar a médicos jóvenes éticos y empoderados que se esfuerzan por ingresar de manera licita a una especialidad médica. No permitan que pelafustanes carentes de valores y principios vendan los exámenes a los menos talentosos y a los más adinerados para que sean ellos los especialistas del mañana. ¿Qué pasará con el estado emocional y aspiracional de los jóvenes que se graduaron de medicina general en una determinada universidad, alcanzando en ella un excelente índice académico y obteniendo luego una buena calificación en el Examen Nacional Único para Residencias Médicas (ENURM)?

Es, sin duda alguna, una vergüenza nacional que la Oficina de Residencias Médicas de la UASD, el Consejo Nacional de Residencias Médicas (CNRM), el Ministerio de Salud Pública (MSP), la Asociación Dominicana de Facultades y Escuelas de Medicina (ADOFEM) y el Colegio Médico Dominicano (CMD) toleren, como si fuera algo normal, la corrupción y la impunidad que rodean el Examen Nacional Único para las Residencias Médicas.

La juventud dominicana de clases baja y media no pide privilegios. Pide instituciones que funcionen, reglas claras, oportunidades reales y un país que no la obligue a irse para poder vivir con dignidad.

El liderazgo político, empresarial, académico y social de la República Dominicana no puede quedarse de brazos cruzados frente a una juventud que, poco a poco, ha ido perdiendo la esperanza en la educación como vía para alcanzar movilidad social y que, de manera errada, comienza a creer que el narcotráfico, la política sin ética o el sueño de convertirse en beisbolista de Grandes Ligas son opciones viables para obtener prosperidad sana y sostenible. Es vital construir un país donde los jóvenes crean que vale la pena quedarse y dar la batalla.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).