Opiniones
¿Eres la persona que eres o la que has pensado ser?

Por Dr. Nicanor Rodríguez Tejada
Existe una pregunta que pocas personas se hacen con verdadera honestidad y que, sin embargo, podría cambiar el rumbo de sus vidas: ¿soy la persona que realmente soy o la persona que he pensado ser?
La pregunta parece sencilla, pero encierra una de las mayores contradicciones de la condición humana. Muchas personas viven convencidas de una imagen construida de sí mismas, una especie de retrato mental elaborado a partir de deseos, aspiraciones, justificaciones o percepciones personales. No obstante, la verdad casi nunca negocia con nuestras creencias; permanece siendo lo que es, aunque intentemos interpretarla de otra manera.
Vivimos en una época donde se promueve constantemente la idea de convertirse en una mejor versión de sí mismo; libros, conferencias, redes sociales y discursos motivacionales hablan de éxito, crecimiento, liderazgo y transformación personal. No obstante, pocas veces se enfatiza que antes de construir esa persona que queremos ser, debemos conocer a la persona que realmente somos.
La realidad tiene una característica que la distingue de nuestras opiniones: es lo que es, independientemente de lo que pensemos sobre ella. Podemos creer que somos disciplinados, pero nuestros hábitos dirán la verdad. Podemos considerarnos personas pacientes, pero nuestras reacciones frente a la frustración revelarán otra historia. Podemos afirmar que somos responsables, pero serán nuestras decisiones cotidianas las que emitirán el juicio final.
El psicólogo Carl Rogers sostenía que el crecimiento personal comienza cuando el individuo se acepta tal como es. Esta afirmación no implica resignación ni conformismo; por el contrario, significa que el cambio auténtico solo puede producirse cuando existe un reconocimiento sincero de la realidad personal. Nadie puede corregir aquello que se niega a reconocer.
De igual manera, Carl Gustav Jung advertía que aquello que ignoramos de nosotros mismos termina influyendo en nuestra conducta desde las sombras. Las debilidades que no admitimos, los temores que ocultamos y los defectos que justificamos suelen convertirse en obstáculos silenciosos para nuestro desarrollo. Precisamente ahí radica uno de los mayores desafíos humanos: desarrollar un autoconocimiento profundo, integrar fortalezas y debilidades y asumir una honestidad psicológica capaz de impulsar el cambio.
.Quizás por eso una de las tareas más difíciles de la vida no sea cambiar, sino conocerse. Con frecuencia observamos nuestras virtudes con una lupa y nuestros errores con indulgencia. Construimos narrativas que protegen nuestra autoestima y terminamos creyendo versiones cómodas de nosotros mismos. Sin embargo, la vida tiene la costumbre de confrontarnos con hechos, y los hechos suelen ser menos negociables que nuestras interpretaciones.
La conducta habla un lenguaje que rara vez miente. No somos únicamente lo que decimos ser; somos también lo que hacemos de manera repetida. Nuestros hábitos, nuestras decisiones y nuestras respuestas frente a la adversidad constituyen una radiografía mucho más precisa que cualquier descripción personal, tomando la escena aristotélica de la conducta.
En este sentido, podrían existir tres versiones de cada ser humano. La primera es la persona que cree ser. La segunda es la persona que realmente es. La tercera es la persona que desea llegar a ser. La madurez consiste en reducir la distancia entre esas tres dimensiones hasta que la realidad, la conciencia y el propósito logren encontrarse. Sin embargo, en esto sigue cobrando sentido, el planteamiento de Aristóteles, quien se basó en que la excelencia surge del conocimiento de uno mismo y de la práctica constante, encontrando la virtud, el carácter y la formación gradual del ser, que conduce finalmente al fin que se augura tener.
El problema surge cuando intentamos construir nuestra vida sobre una imagen imaginaria. Es semejante al arquitecto que diseña una gran edificación sin estudiar primero el terreno donde será levantada la obra. Por muy hermosa que sea la estructura proyectada, las fallas de origen terminarán comprometiendo su estabilidad.
La transformación personal exige un acto previo de honestidad, requiere observar nuestras fortalezas sin arrogancia y nuestras debilidades sin miedo. Lo que implica aceptar que el punto de partida no siempre coincide con el lugar donde deseamos estar. Sin embargo, reconocer la realidad no limita nuestras posibilidades; por el contrario, las hace posibles.
El psiquiatra Viktor Frankl entendió que el ser humano conserva la capacidad de decidir qué hacer con sus circunstancias, pero esa libertad comienza reconociendo dichas afluencias. No podemos modificar aquello cuya existencia negamos. Por eso la intuición del título de este articulo conserva toda su vigencia: ¿eres la persona que eres o la persona que has pensado ser?, esto es posible a partir que asume tú propia responsabilidad personal, dándole sentido a la vida y reconocimiento las circunstancias reales que la envuelven.
La respuesta no se encuentra en los sueños, ni en los discursos, ni en las intenciones. Se encuentra en el espejo de la conducta, en la coherencia de las acciones y en la valentía de examinar la propia realidad, esto así porque la verdadera transformación no comienza cuando imaginamos un futuro diferente. Comienza cuando tenemos el valor de mirar de frente nuestra realidad presente y por eso muchas personas viven conforme a lo que creen ser, no conforme a lo que realmente son, en este caso podemos entender que creerse disciplinado no significa ser disciplinado, creerse valiente no significa actuar con valentía. No eres lo que dices ser; eres aquello que tus actos demuestran de manera constante.
En ese sentido encontramos que lo anterior se desprende de que puede pensar en ¿Quién soy realmente cuando nadie te observa?, sin valorar lo que hace cuando estás al frente de otras personas, que es donde asume explicar ¿Qué hábitos describen mi vida? ¿Y esas pequeñas cosas terminan definiendo de manera repetida mi carácter?
Quizás la pregunta más importante de nuestra existencia no sea qué queremos llegar a ser, sino quiénes somos realmente mientras intentamos convertirnos en algo distinto. Porque la vida no transforma a quienes se engañan, sino a quienes tienen el valor de reconocerse. Y solo cuando la realidad deja de ser una amenaza para convertirse en una maestra, comienza la verdadera construcción del ser humano. El autoconocimiento no es el final del cambio; es el punto de partida de toda transformación auténtica












