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Opiniones

La política y el amor: Dos mundos unidos por una disonancia

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NICANOR RODRIGUEZ

POR DR. NICANOR RODRIGUEZ TEJADA

En el escenario de la observación he entendido que «No se mata por exceso de amor, sino por defecto de control. El crimen político y el pasional comparten la misma premisa: destruir el objeto cuya soberanía se ha perdido», lo cual refleja todo un componente que articula una alta dosis emocional que la psicológica, explica al evaluar conducta y simbolismo.

A primera vista, y sin profundizar el tema, la política y el amor habitan en las antípodas de la experiencia humana. La primera se nos presenta como el reino de la estrategia fría, el cálculo público y la búsqueda del poder colectivo, en cambio el segundo, como el refugio de la espontaneidad, la calidez íntima y la entrega desinteresada, pero cuando desnudamos ambos escenarios de sus narrativas superficiales y los analizamos bajo el bisturí de la psicología y porque no de la sociología del comportamiento, la frontera se disuelve bajo un contenido con arraigos y matices que suelen distorsionarse socialmente.

No obstante, al profundizar en la política y el amor encontramos que no son opuestos; son espejos que reflejan la misma necesidad humana de dominación, certidumbre y control emocional. Ambos mundos están unidos por una profunda disonancia, que parecería distancia entre sí, pero la medula del comportamiento la activa como engendramiento de un mismo espacio.

Para comprender esta consistencia, precisaremos el ciclo del arquetipo del idilio: De Maquiavelo a Freud, siendo necesario revisar a quienes descifraron las mecánicas del alma humana frente al altar del poder. Ya en el Renacimiento, Nicolás Maquiavelo, advertía en el Príncipe que el gobernante eficaz debe gestionar una dialéctica puramente afectiva: el amor y el temor. Para Maquiavelo, el amor es un pacto de conveniencia que el ser humano rompe tan pronto como divisa su propio beneficio. La política, al igual que las relaciones asimétricas, se sostiene sobre la dosificación de la misma expectativa.

En ese paralelismo controversial, siglos más tarde, el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud formalizaría concorde a la anterior posición, en su célebre obra Psicología de las masas y análisis del yo (1921). En la que la intuición de Freud equiparó el enamoramiento con el fenómeno de la masa política. En ambos estados, el individuo opera una renuncia radical a su autonomía: sustituye su propio «Ideal del Yo» y lo deposita en el líder o en el ser amado. Bajo este influjo, la crítica racional se suspende. Nos volvemos ciegos tanto ante los defectos de la pareja como ante los desmanes del caudillo. Es la dominación carismática de la que hablaba el sociólogo Max Weber: una devoción afectiva donde la legitimidad no proviene de la razón, sino de una fe emocional absoluta y tiránica, porque pierde sentido de racionalidad.

En ese contexto, el quiebre del espejo: La pérdida del dominio, se constituye en el verdadero desafío psicológico no ocurre en la cúspide del idilio, sino cuando sobreviene la rotura. La pérdida de unas elecciones, la traición del partido o el destierro del poder político equivalen, en el plano íntimo, al divorcio, la infidelidad y el abandono. En ambos escenarios, el individuo experimenta el colapso de su categoría de dominio y la escena psicológica aglutina casi los mismos patrones conductuales, asumiendo el descontrol y la ira interna como respuesta inconsciente, aunque su escenario sea visualizado en otro entorno del comportamiento humano.

Aquí es donde emerge la disonancia y la necesidad desesperada de compensación, en algún punto más profunda íntimamente, que la simple observación, esto así porque la derrota política propina una herida narcisista pública -el Yo social humillado ante la mirada del tercero-, la ruptura amorosa inflige una herida narcisista esencial, donde el sujeto se descubre sustituible en su núcleo más privado, en ocasiones tratado bajo esfera de acuerdo no cumplido para equiparar la consistencia social.

Para evitar que el Yo se desintegre ante el vacío del control perdido, el aparato psíquico activa mecanismos idénticos en ambos campos. El político derrotado que denuncia un «fraude total» o una «conspiración de las élites» opera bajo la misma estructura mental que el amante abandonado que se convence de que su expareja fue manipulada por terceros o padece un trastorno irreversible, esto impulsado a justificar o desplazar la culpa hacia un enemigo invisible y externo, cuya trampa psicológica se posterga en la aceptación de la propia obsolescencia de un producto que dejo de ser útil y competitivo.

En este terreno, el umbral de la tragedia como mecanismo de compensación fracasan y la pérdida del dominio se vuelve irreversible, entramos en el terreno de los fenómenos rotundos: la muerte. Aquí la crónica roja y la historia política y el amor se cruzan en este punto de inflexión y entra el conflicto del conflicto, parecido aquella versión filosófica, la ley de lo contrario que existen y se necesitan mutuamente, pero que al mismo tiempo se mantienen en constante conflicto.

Dentro de este enfoque encontramos que la respuesta es hacia afuera (heteroinfligida), el principio es el mismo. El crimen político, la purga o el magnicidio perpetrados por regímenes que sienten escapar el control de sus ciudadanos se ejecutan bajo la misma premisa que el crimen pasional o el feminicidio en el ámbito doméstico. No se mata por exceso de amor, sino por defecto de control. La sentencia implícita del agresor es devastadora: «Si pierdo mi soberanía sobre ti, destruyo el objeto para que nadie más posea lo que yo he perdido».

En el extremo opuesto, cuando la pulsión destructiva se vuelve contra uno mismo, el vacío del poder y del desamor conduce al suicidio melancólico. Desde figuras históricas que se quitaron la vida al ver colapsar sus imperios y regímenes, hasta el dependiente afectivo que se autodestruye tras el adiós de su pareja, el diagnóstico es unívoco: al desaparecer el escenario donde ejercían su dominio, la vida fuera de ese orden se vuelve biológica y psíquicamente inviable.

En última instancia, este viaje por la política y el amor nos demuestra que somos animales hambrientos de pertenencia y soberanía; quien lidera un mitin y quien seduce en la intimidad gestionan el mismo tejido invisible: el miedo a la soledad y la búsqueda desesperada de un puerto seguro. Por eso, cuando el molde se rompe, el dolor humano no distingue entre el palacio de gobierno y el lecho vacío.

(Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente la postura de Últimas Noticias).