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Opiniones

El Último Clavo en el Zapato Ha Sido Irán

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Victor Grimaldi

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes.-

Empiezo precisando que en 1973 ya muy joven escribía yo diariamente una columna de temas mundiales llamada Perspectiva Internacional en el vespertino La Noticia.

No había internet entonces, pero sí existían la radio y la televisión y a Santo Domingo llegaban diariamente impresos The Wall Street Journal y The New York Times, periódicos que comencé a leer desde mi primer viaje a New York en abril de 1970.

Algunos de mis artículos están en mi libro de 1977 “Entrevistas, Análisis y Reportajes”, disponible en la Biblioteca Nacional y en el Archivo General de la Nación.

Hecha esta precisión, debo recordar que desde la década de los años setenta, cuando comenzaron a circular informaciones —recogidas incluso por la prensa internacional como The New York Times especialmente durante el gobierno de Jimmy Carter— sobre entrenamientos de tropas estadounidenses en los desiertos de California y Arizona con miras a eventuales conflictos en el Medio Oriente, la opinión pública mundial aprendió a mirar esa región como un escenario permanente de tensiones latentes.

Aquellas noticias, que parecían entonces exageraciones propias de la Guerra Fría, anunciaban en realidad la transformación de una zona estratégica en el corazón mismo de la disputa geopolítica global.

Fue así como la historia dio un giro abrupto. En 1979, una revolución encabezada por clérigos islámicos chíitas derrocó al Sha de Irán, aliado histórico de Occidente.

La instauración de la República Islámica no solo alteró el equilibrio interno de ese país milenario, sino que redefinió la relación de fuerzas en todo el Medio Oriente.

El episodio de la toma de rehenes en la embajada de los Estados Unidos marcó el inicio de una larga etapa de confrontaciones simbólicas, diplomáticas y, en ocasiones, militares, que han perdurado durante casi medio siglo.

El intento de rescate de esos rehenes en 1980 terminó en fracaso, en una operación militar que evidenció los límites del poder estadounidense en un terreno político y religioso extraordinariamente complejo.

Aquel revés tuvo consecuencias políticas profundas dentro de los propios Estados Unidos y contribuyó, en buena medida, al clima que favoreció el triunfo electoral de Ronald Reagan, quien llegó a la Casa Blanca prometiendo restaurar la autoridad y la firmeza estratégica de Washington frente a sus adversarios.

Así, el conflicto con Irán dejó de ser un episodio circunstancial para convertirse en una herida abierta en la memoria política estadounidense.

No fue simplemente un incidente bilateral entre dos Estados, sino el nacimiento de una rivalidad estructural que combinaba religión, política y geoestrategia.

Desde entonces, Irán quedó inscrito en la narrativa de seguridad de los Estados Unidos como un adversario persistente, no tanto por su poder militar directo, sino por su capacidad de proyectar influencia ideológica y regional en escenarios clave del Medio Oriente.

Durante décadas, los acontecimientos se desarrollaron como en un drama prolongado.

Guerras indirectas, sanciones económicas, negociaciones nucleares, rupturas diplomáticas y episodios de escalada militar configuraron un ciclo en el que ninguno de los actores logró un desenlace definitivo.

Sin embargo, el panorama regional fue cambiando progresivamente.

Intervenciones militares, conflictos internos y transformaciones políticas en Irak, Libia y Siria modificaron el tablero estratégico.

Hoy, en comparación con décadas anteriores, esos tres países no representan amenazas directas para los Estados Unidos y, en algunos casos, mantienen relaciones que reflejan nuevas realidades políticas y diplomáticas.

A costa de conflictos costosos y ampliamente criticados por la comunidad internacional, el balance geopolítico muestra que el mapa del Medio Oriente ha sido alterado de manera significativa.

Sin embargo, ese proceso no produjo una estabilidad plena ni homogénea; generó, más bien, nuevas complejidades y equilibrios precarios.

Los cambios de régimen, la fragmentación estatal y la presencia de múltiples actores regionales y extrarregionales dieron lugar a una región más fluida, donde las alianzas son variables y los conflictos adoptan formas indirectas.

En ese contexto histórico, Irán aparece como el último gran foco de confrontación estructural entre Washington y un poder regional con identidad propia.

De ahí surge la expresión simbólica mía de que Irán ha sido el “último clavo en el zapato” de los Estados Unidos en el Medio Oriente: una persistente fuente de incomodidad estratégica que, a diferencia de otros escenarios, no ha sido plenamente resuelta ni neutralizada.

Los acontecimientos recientes, caracterizados por operaciones militares limitadas y llamados explícitos al cambio político interno, parecen indicar que la confrontación ha entrado en una nueva fase.

Sin embargo, la historia enseña que la destrucción de instalaciones o la neutralización de capacidades militares específicas no equivale necesariamente a la transformación del sistema político de un país ni a la eliminación de su influencia regional.

La voluntad nacional, la cohesión institucional y la identidad histórica suelen ser factores más resistentes que la infraestructura material.

La afirmación de que Irán se encuentra aislado también requiere matices. Es cierto que enfrenta sanciones severas y confrontaciones diplomáticas con el bloque occidental, pero no se encuentra completamente marginado del sistema internacional.

Mantiene vínculos estratégicos con potencias relevantes y ejerce influencia indirecta en varios escenarios regionales.

No se trata, por tanto, de un actor débil o solitario, sino de un Estado que ha aprendido a operar bajo presión, transformando el aislamiento occidental en redes alternativas de cooperación y apoyo.

La reciente visita del primer ministro de la India a Jerusalén fue interpretada por algunos como un golpe diplomático significativo contra Teherán, al reforzar la cooperación entre India e Israel en materia de defensa y tecnología.

Sin embargo, la política exterior india responde a equilibrios pragmáticos: Nueva Delhi coopera estrechamente con Israel, pero mantiene también intereses energéticos y geoeconómicos con Irán que no puede ignorar.

Ese gesto diplomático fortaleció un bloque estratégico relevante, pero no constituyó una ruptura total ni un aislamiento definitivo del régimen iraní.

En realidad, los golpes decisivos en geopolítica rara vez son instantáneos.

Se construyen mediante una acumulación de presiones, discursos, alianzas y acciones militares limitadas que, con el tiempo, van redefiniendo los equilibrios regionales.

Presentar cada movimiento como el desenlace final responde más a la lógica de la retórica política que a la complejidad real del poder internacional.

El régimen iraní, nacido de una revolución que fusionó religión, nacionalismo y resistencia frente a influencias externas, posee una resiliencia particular.

Paradójicamente, los ataques externos pueden fortalecer el nacionalismo interno y consolidar la cohesión del aparato estatal que se busca debilitar.

La historia demuestra que la guerra, en ocasiones, refuerza psicológicamente al adversario aun cuando debilite su infraestructura material.

El mundo se encuentra así ante un momento de alta tensión en el que convergen tres dimensiones simultáneas: los objetivos tácticos de neutralización militar, la estrategia política de cambio de régimen y el complejo sistema de alianzas globales que impide hablar de un aislamiento absoluto de Irán.

Cada una de estas dimensiones responde a lógicas distintas, y la confusión entre ellas conduce frecuentemente a diagnósticos simplificados que no reflejan la verdadera profundidad del conflicto.

Irán no es solamente un adversario militar; es un actor civilizatorio con una narrativa histórica de resistencia que le otorga profundidad estratégica.

Destruir instalaciones puede ser factible; transformar el sistema político surgido en 1979 es una empresa mucho más incierta y prolongada.

Y aunque algunos países que fueron adversarios en décadas pasadas hoy no representen amenazas directas para Washington, su evolución posterior demuestra que la eliminación de un régimen o de un programa militar no garantiza automáticamente la estabilidad ni la amistad duradera.

En este escenario, las declaraciones de guerra, los llamados a la sublevación popular y los gestos diplomáticos de alto perfil se entrelazan como piezas de una partida mayor.

No constituyen por sí solos el desenlace del conflicto, sino capítulos de una historia abierta cuyo resultado dependerá tanto de la fuerza militar como de la voluntad política de los pueblos implicados, de la resiliencia de sus instituciones y del delicado equilibrio entre las grandes potencias que observan, intervienen o se reposicionan con cautela.

La hora de Irán no es solo la de las bombas ni la de los discursos encendidos; es la de un reajuste geopolítico que pondrá a prueba la relación entre poder militar, legitimidad política y alianzas globales.

Y como tantas veces en la historia contemporánea, el desenlace final no dependerá únicamente de quién posea más armas, sino de quién logre sostener con mayor coherencia la narrativa de su propia supervivencia nacional en un mundo que cambia con rapidez y cuyos equilibrios siguen siendo, en gran medida, invisibles para el ojo apresurado de la coyuntura.